Entrevista con Diana Sierra A.K.A Dianne Gothly

Entrevista con Diana Sierra A.K.A Dianne Gothly





El encuentro de este mes resultó ser bastante particular, tanto para esta publicación, como para mí. Nuestra invitada, una persona muy especial, que tuve la oportunidad de conocer en condiciones poco convencionales, ya había colaborado con nosotros hace un mes, compartiendo un poco de su contenido, donde pudimos vislumbrar su esencia y su trabajo. A lo mejor, algunos de ustedes ya la conocen (probablemente mejor que yo, pues este fue mi primer acercamiento real con ella).

Quisimos esforzarnos por ofrecer un formato capaz de hacer un poco más tangible la experiencia para todos ustedes, nuestros lectores. Estuve buscando la manera de encarnar un tono conversacional, sin preguntas, sin escaleta, sin grabaciones. Simplemente una conversación abierta, común, en un sitio casual, sin ningún ensayo, ni antesalas. Así, como en la vida. A decir verdad, el encuentro fue increíble y realmente la pasé muy bien. Disfruté mucho haber pasado la tarde junto a Diana Sierra A.K.A Dianne Gothly, la escritora de Skyden, quien amablemente accedió a conocerme y hablar conmigo sin ningún tipo de tabú sobre su libro, sus procesos, la búsqueda editorial, su concepto sobre varios puntos controversiales de la literatura, de la educación y la vida. 

Concretar y llevar a cabo nuestro encuentro, fue la parte sencilla. El conflicto surgió luego, cuando tuve que sentarme y darme golpes de pecho frente al computador, intentando redactar y darle vida al lugar, a la mesa, al clima. ¿Cómo hacerlos sentir ahí?, ¿cómo lograr que ustedes pudieran sentarse a participar de esa tarde y tomar algo junto a nosotros, sin la necesidad de una cámara HD o una grabación de audio en la mejor calidad? La verdad es que se llegó la hora de publicar y no hay nada. Solo una cantidad de ideas y temas discutidos sin ninguna estructura y lo que es peor: Sin ninguna emoción. Así que luego de mucho trabajar mentalmente en el asunto, preferí contarles los hechos como sucedieron… o bueno, como yo los recuerdo, porque como ya dije, nada se grabó.

Después de toda una semana de mucho trabajo de escritorio, de ese que yo detesto, salí el 24 de Marzo a eso de las cuatro, a encontrarme con esta chica con la que había hablado un par de veces por facebook. El transporte: un asco. La tarde hermosa, fresca, con un sol incipiente que salía detrás de las nubes. Cómo si la ciudad estuviera feliz. Llegué a Dimitra, el pequeño restaurante del barrio Laureles en Medellín, donde habiamos quedado de encontrarnos. Entré y me senté en una mesa junto a la baranda que daba a la calle. Sorprendido por llegar, aunque tarde como suele pasarme, esperé durante un par de minutos a mi invitada. El mesero aprovechó ese tiempo para saludarme y ofrecerme la carta. Me preguntó si esperaba a alguien y al enterarse que sí, dejó otra carta sobre la mesa, se puso a la orden con una amabilidad preocupante, dada la pésima cultura de servicio a la que estamos acostumbrados en esta ciudad y se fue. Yo esperé un par de minutos más y finalmente Dianne llegó, con una camisa leñadora de cuadros azules y blancos, su imponente estatura, su cabello negro con flequillo y mechones azules, y una tranquilidad abrumadora, que me hizo dudar de su confesión de ser muy tímida. 

Para empezar, la conversación fue un poco rara. Pero aunque parecieran incómodas las circunstancias, creo que ambos nos sentimos en confianza desde un principio.

―Acabo de ver una cosa horrible. Acabo de ver un tipo que venía cruzando la calle distraído en el celular y un carro lo atropelló, así con toda la intención. ―Ese era yo saludando, con lo primero que me vino a la cabeza. Fue inevitable, me había sorprendido mucho el evento de camino al lugar. No niego que me hubiera gustado parecer un poco menos demente en ese momento. 
―¿Cómo así? ¿Se murió? 
―No, pues no fue que lo atropellara como en las películas, pero sí. El tipo lo vio cruzando, aceleró y ya frenó al final, pero lo tumbó. Se tuvo que haber golpeado duro. ¿Qué clase de persona acelera después de ver a otra persona distraída cruzando la calle? 
―Estamos en el país de los locos ―concluyó Dianne. 

Ambos observamos la carta por unos minutos y luego optamos por un par de limonadas. La suya de coco y la mía de cereza. Creo que para ambos era más importante en ese momento, interactuar y conocernos, así que no nos detuvimos mucho en eso.

Ya entrados en comentarios completamente fuera de contexto y luego de mi particular introducción, Dianne se sintió cómoda para decir en voz alta lo que pensó en el momento. 

―Pues no sé. Una persona como mi vecino… Tengo unos vecinos que quieren que yo los odie, en contra de mi voluntad. Pero, todos los días madrugan a poner música durísimo, a hacer ruido con un balón en el patio. Yo no los soporto. Perdón si sueno misántropa, pero es lo que pasa cuando no te dejan dormir, ni vivir, ni nada.

Yo me reí y eso rompió el hielo. Minutos después Dianne y yo empezamos a intimar y a conversar acerca de lo que fue gran parte de la conversación y de hecho, de lo que era el objetivo de nuestro encuentro. La literatura y su libro Skyden.

―Bueno pues hay mucho que se puede decir acerca del momento que está viviendo la literatura en el mundo y en este país ―dijo poniendo ambas manos sobre la mesa―. Siempre las personas están opinando y criticando; y acusando géneros de ser poco profundos, huecos, tontos y poco interesantes, sin tomarse el trabajo de evaluar de forma objetiva. Sino que lo hacen antes de que se publique. Cuando no conocen siquiera la trama del libro.
―Claro.
―Pero eso sí; los libros más publicados y más vendidos al menos en el país, son: Los de youtubers, los de autoayuda y los de figuras públicas que hacen escándalos y despiertan el morbo de las personas. Si vos estuviste secuestrado o sos un político que pelea con todo el mundo por twitter las veinticuatro horas, entonces las editoriales se matan por publicarte.
―Es verdad ―acepté.
―Con el tiempo ―continuó ella―, he entendido que las editoriales también son un negocio y necesitan de cierto contenido que venda mucho para seguir posicionadas. Que deben ofrecer lo que las personas más consumen en sus países; pero en ese orden de ideas, hay muchos libros de muchos géneros que se quedan por fuera como la fantasía, la ciencia ficción, romántica. Juvenil incluso, aunque parezca haber mucho contenido, solo vemos el género publicado por la misma editorial en otras casas matrices de otros países, pero no en Colombia. Y es peor cuando el autor es colombiano. Porque aquí si hay quien escriba, pero es más difícil ser publicado… Creo que deberían equilibrar un poco la balanza.

Yo seguí en silencio, mirando hacia la calle por un momento, esperando a que Diana continuara.

―Una vez, me dijeron literalmente, que en Colombia no se leía sobre ello y que preferían seguir publicando escritos que abordaran las diferentes realidades del país. Pero por mi experiencia, las personas incluso le piden a las editoriales que traigan libros desde España, de esos que ellos mismos, dicen que a la gente no le interesan.
―Yo siempre he pensado que un autor o su obra no dependen del género ni del lenguaje que usa ―le dije mirando la hora en el celular, cerciorándome de que estuviera en modo avión, antes de que nos enloqueciera a todos con infinitas notificaciones de cosas irrelevantes―. He leído libros repletos de cotidianidad y estructuras narrativas muy minimalistas y digeribles, incluso libros bastante “light” que considero muy buenas obras, con formatos llenos de innovación, muy bien escritos y con tramas geniales.
―Claro. Eso mismo digo yo. El género de un libro no debería ser una etiqueta para generalizar y clasificarlo como una obra estupenda o un libro "basura". Las buenas o malas obras no discriminan géneros y se pueden encontrar joyas incluso en los campos más criticados y denigrados.
―Si. Y también hay que entender, que los gustos son relativos y que hay un público para todo tipo de contenido. Es lo mismo que pasa con la música. La gente critica géneros musicales y se deshace en insultos, pero yo creo que ya es hora de que las personas entendamos, que no todo podemos juzgarlo como si fuera la panacea y la encarnación del arte de la época. Mucha de la música que se produce actualmente no es arte. Pero eso no quiere decir que esté mal o que una persona sea estúpida por disfrutar de ese género en específico. Que alguien disfrute de yo que se… La guaracha, no quiere decir que esa persona la considere la mayor exposición artística. Yo creo que todos esos contenidos son válidos y necesarios en realidad. Porque escondida entre mil de esas propuestas, debe haber una obra de arte y la única forma de que exista es así; permitiéndole a la gente exponerse e inventar y dejando que las personas se enfrenten a un trabajo y lo disfruten, lo critiquen, lo juzguen y todo eso.
―Exacto ―Aprobó Dianne mirando hacia el techo—. Es cuestión de cada quien, igual lo importante para mí, es ser capaz de discernir y ser objetivo. Que escuches o leas algo determinado, no significa precisamente que sea mejor, ni tú superior a los demás por ello.
―Con lo que yo si tengo mi conflicto, es con que nos metan por los ojos que cualquier cosa ahí, es la nueva manifestación de las artes literarias, un nuevo movimiento artístico y que es la panacea, solo porque es el género que se está moviendo más en el mercado. Y que quieran meter todo lo que la gente escribe en el mismo costal. 
―Esa es la cosa ―continuó ella recostando su pie en la base de hierro negro que sostenía la mesa―. Yo ahora que estoy involucrada y me he movido más en ese medio… Una llega al mundo de las editoriales muy novata y súper ingenua. Yo creía que era escribir un libro, mandar el manuscrito y ya. La editorial lo evaluaba, te decían que el libro se publicaría y en poco tiempo la gente podría comprarlo y lo verían en las librerías. Que todo era feliz. Pero no, eso no es así. Las editoriales cada vez son más complicadas y más selectivas. Y no solo eso. Cada vez el equipo editorial está más metido en el contenido de tu libro. Teniendo en cuenta el catálogo y la línea editorial del género al cual apuntas, hacen correcciones, piden cambios de la trama... Ellos también quieren asegurarse de que van a recuperar su inversión. Hay editoriales que te preguntan cosas como ¿Cuántos seguidores tienes en twitter? ¿Tienes página web? ¿Cuánto es el tráfico de tu página? Te ven en función de números y no como escritor.
―Yo sé, es muy triste. Porque es comprensible que piensen como una empresa y una empresa debe generar utilidades. Pero es ridículo que la imposición sea que tu trabajo ya sea conocido y visible en el medio, cuando lo que estás buscando es justamente eso ―le dije―. Las mismas editoriales son las que limitan que nuevos autores se den a conocer.
―Totalmente. Pero bueno finalmente conseguí una editorial y estoy muy contenta por eso. Yo tuve que pasar dos años con el manuscrito de Skyden archivado.
―¿Dos años? ―Pregunté.
―SI. Y llevaba otros dos más buscando editoriales, para otras obras que había escrito. Tuve que escuchar cosas terribles y poco profesionales de algunos editores, aguantar que dejaran los manuscritos abandonados y que nunca los devolvieran en los lugares acordados. O que en el mejor de los casos, ignoraran mis mensajes o me propusieran contratos de co-edición, pero ese no era mi objetivo, ni tenía el capital para ello.
―Claro.
―Sin embargo Skyden sale a la venta en Colombia en Julio. Estoy demasiado feliz y emocionada. Encontré una muy buena editorial, que básicamente es la que quería desde el 2013, cuando empecé a escribir de una forma profesional. Ellos no me pidieron cambios ridículos sobre el libro, la trama, o los personajes para "encajarlo en los libros de moda". Además de que me ha apoyado y consentido bastante. Especialmente mi editor. Ambos tenemos ideas similares, para que sea un gran proyecto y toda una experiencia para el lector. El proceso ha sido de mucho trabajo y eso es lo que las personas en ocasiones no logran dimensionar. Algo así como el detrás de cámaras en las películas. Para llamar la atención de la editorial y demostrarles que Skyden podía vender, tuve que crear todo una propuesta editorial y publicitaria con diferentes estrategias para dar a conocer el libro. Desde el desarrollo gráfico y llamativo de elementos propios de la trama, para que el lector se involucre de lleno en la historia, hasta conseguir el apoyo de personas que tienen reconocimiento en el medio. Para los escritores noveles de literatura, que no tenemos reconocimiento o influencia en los medios, no nos es tan sencillo llegar a eso. 
―Claro. Porque no solo necesitas ocuparte de la forma. Como en los libros de cocina. Donde lo importante es que la foto sea buena y llame la atención y que la receta se vea bien y sea una buena receta. Sino que debes crear algo. Creo que por eso la narrativa es tan compleja. Porque se trata de construir algo y debes tener una trama y saber decir lo que quieres decir y hacer sentir lo que quieres hacer sentir.
―Pero no es solo eso ―se precipitó Dianne, apuntando con el dedo, como si hubiese tocado un punto importante―. Ojalá… Sino que debes dejar algo. Yo soy de las que pienso que un libro debe enseñarte algo, no solo cumplir con la labor de entretener. 
―…
―Eso es lo que nos forma como lectores críticos y analíticos, la oportunidad de aprender y analizar por medio de la lectura. No sé, cualquier cosa. Pero algo tenemos que aprender de lo que leemos. Pienso que para eso lo hacemos. Eso es lo que me aterra de los procesos de muchas editoriales, específicamente con géneros para lectores jóvenes. Están más preocupados por vender, sin tener en cuenta que se dirigen a personas en formación y le restan relevancia a la literatura infantil y juvenil por ejemplo, que lleva siglos existiendo, con grandes representantes. Ese interés comercial desvirtúa el género y lo importante que es; no solo para el mercado; sino en términos de formación. 
―Si…
―Yo leo desde que tenía siete años ―Continuó ella rápidamente―. Es una edad, donde se pueden tomar e imitar cosas de los libros, siendo muy relevantes para nuestra personalidad, nuestra forma de ver el mundo y de interactuar con los demás. Entonces, el mensaje es moralmente ambiguo, si lo que se vende son libros repletos de actitudes malas convirtiéndolas en heroicas, relaciones tóxicas y auto destructivas o de acoso, haciéndolas parecer romántico. Convirtiendo a las mujeres en figuras sumisas o a los hombres en figuras fuertes, donde se les prohíbe demostrar sensibilidad, en vez de sentar precedentes sobre lo malas que pueden ser esas conductas. Eso es lo que van a adoptar los lectores y seguir publicando para ellos, sin medir el daño que pueden causar, hace que estas conductas pasen a ser parte de la dinámica social de las personas.
―¡Uy sí! Muy grave ―Exclamé rápidamente, antes de olvidar la idea que tenía en mente―. Sobre todo porque las editoriales tienen un poder inmenso al ser ellos quienes escogen el contenido que va a ser visible o no para el mundo. Tienen la misma responsabilidad que los medios, la opinión pública, los influencers de internet, los youtubers, etc. Y yo creo que todos ellos deben asumir esa responsabilidad, entendiendo que de una forma u otra, están diciéndole a la masa que está bien y que no. Y están construyendo un enorme porcentaje de la verdad y de lo “normal” o lo apropiado en el mundo.

Miré la hora de nuevo. 15:41. Una mujer castaña de unos 27 años, baja, se acercó con una bandeja redonda y sobre ella las dos limonadas: buenas tardes, nos dijo. Luego descargó la bandeja sobre la mesa. Puso un par de servilletas al lado derecho de cada uno de nosotros y sobre ellas, los vasos de vidrio empañados y helados de las limonadas que sudaban de frío. Al descargarlos suavemente, las servilletas se estremecieron y se arrugaron. La humedad invadió la tarde y el cielo se fue cerrando, hasta esconderse del todo detrás de una cortina inmensa, hecha con las nubes grises de marzo.

Seguimos hablando de muchas cosas. Hasta que llegamos de nuevo al libro. Dianne se enderezó en la silla y comenzó a hablar con propiedad. No era difícil percatarse de la emoción que experimentaba en ese momento. Orgullo. Del más genuino.

―Bueno Skyden trata de muchas cosas. Es una historia de amor y de arte, de dos personas que están lejos, se conocen a través de una página… como una red social, pero de artistas. Porque ambos lo son… Va de salir del abismo en el que caemos cuando nos sentimos derrotados y luchar por nuestros sueños, de deseos de libertad y crecimiento. Hay reflexiones de como vemos el mundo siendo jóvenes, como todo puede afectarnos de una forma más profunda, debido a la edad y la falta de experiencia. Y de mucho amor por el arte. En general en el libro se respira arte. Ellos encuentran la manera de ir de intercambio y conocer muchos lugares juntos. El libro se desarrolla en Canadá, Irlanda, España, principalmente en Barcelona y Valencia; y en Paradise Dreams, que es un país del libro. Un escenario completamente alternativo a nuestra realidad. Lleno de cultura y de diversidad donde cada ciudad representa un tipo de arte específico.
―Aja, sigue―Agregué, antes de que pensara que había perdido el interés. 
―Creo que el libro tiene diferentes ángulos y que habla de muchas temáticas, pero lo más importante, es que yo siento que mi libro logra eso que hablábamos ahora. Es un libro del que se pueden aprender cosas: historia, arte, cultura, e hice todo lo posible para que no fuera como un ensayo cansón de leer para los jóvenes, sino que descubrieran todo ello, de la mano de los protagonistas, como un diario de viajes y que el lector conociera esos lugares con ellos. Que vivieran el libro.

Entonces, la trama me pareció cautivadora. Tengo que decir que aunque la literatura juvenil no es lo mío, la propuesta me pareció increíble. De hecho tuve que llegar a mi casa y devorar los tres capítulos disponibles en su página web. Respecto a eso, tengo varias cosas que decir: Una propuesta narrativa muy limpia y bien construida, una trama interesante e innovadora, un libro que en efecto debió ser un reto intelectual e investigativo, con mucho contenido orgánico, digerible y ameno, del que su público objetivo puede aprender cómodamente y en general veo Skyden como una novela muy juvenil. En el mejor sentido de la palabra. En ese momento, Dianne se ganó otro lector. Pero bueno. Volvamos a la escena.

―Tengo como hambre. ¿Pedimos algo de comer? ―Le pregunté.
―¿Qué pedimos?
―No sé, yo soy medio cansón con la comida. ¿Me dejas buscar?
―Dale.

Entonces estuvimos mirando unos minutos, dando vueltas a la carta y pedimos unas brochetas lo que sea. No me acuerdo. Algo sencillo. Una par de cervezas y el agua trajo la noche en un aguacero acogedor. El lugar estaba casi vacío, pero parecía estar haciéndose más pequeño. Como si el ambiente se hiciera más filial. De más confianza. Justo como la sala de una casa. Fue pasando el tiempo y la conversación giró un poco y entramos en el espinoso tema de la educación.

―Yo siento que hay que tratar de ver con la mayor claridad posible el panorama educativo, y es que, de alguna forma las instituciones parecen estar diseñadas para castrar los procesos creativos de las personas, porque van encerrando las libertades de una manera pasivo agresiva. ―Me rasqué la cabeza y suspiré, porque el tema me resulta todo un ladrillo. Pero recientemente no puedo evitar volcar la mayoría de las conversaciones en ese rumbo―. Es decir. Dentro del sistema educativo nadie te dice “No puedes hacer esto”; pero si te van dando un molde de las cosas y de eso no te debes salir si quieres tener éxito. Esto pasa en la vida, en el trabajo, en la escritura y en cualquier cosa. Te dan un estilo, una corriente, una estética narrativa que es la que se vende. Un formato de libro, un género, una temática. Y si quieres hacerlo bien, debe ser así. Sin desbordar mucho el molde.
―Sabes que últimamente he tenido que vivir mucho eso. Con todo lo que está pasando y todo lo del libro, que ha sido increíble; también me ha tocado aguantar muchos comentarios de las personas como “ahora tienes que ser muy cuidadosa con lo que dices en público”, “tienes que cambiar tu forma de vestirte y maquillarte. Ahora que vas a ser escritora, debes parecer una de verdad”, “deberías cuidarte más con lo que publicas, la libertad de expresión en muchos temas solo es un mito” "Hay cosas que es mejor no opinar sobre ellas sino dejarlas pasar".

Yo me reí y suspiré de nuevo. Porque odio los espacios y los trabajos donde hay que ser políticamente correcto y donde una opinión libre y abierta es un atentado a la ideología de “X” entidad o público.

―Si me ha pasado ―le respondí algo ausente, haciendo un gesto de negación con la cabeza. Era imposible no pensar por un segundo, en todas esas situaciones en las que alguien, ha sido sugerente con la importancia de estar socialmente bien encuadrado―. Es algo injusto, que no entiendo… y tampoco lo comparto. Como si hubiera un perfil de escritor o de diseñador, o de filósofo o de abogado.
―…
―Es verdad ―continué―. Hay ciertos patrones de conducta y ciertos códigos socialmente visibles. Pero no creo que las cosas funcionen con una raya en el piso de la que no te puedes pasar. No es como si fuera una planilla de requisitos que debas ir llenando, para poder ser buen escritor. Ese asunto de la identidad, más allá del derecho, es lo que diversifica el contenido de las cosas. No solo en la literatura, sino en la vida y en todos los campos.

No hay mejor ejemplo de nuestra conversación, que lo diferentes que Dianne y yo nos veíamos. Bastaba con la diferencia de estaturas para chillar en aquel lugar, porque definitivamente en el sentido literal de la palabra, Dianne es una gran mujer. A la larga, creo que lo que ambos estábamos pensando es que: si en ese lugar, esa tarde, no nos hubiéramos sentado dos personas tan visualmente discordantes, a tomar cada uno algo distinto, en las condiciones en las que lo hacíamos. Si no hubiera sido así; cualquiera que hubiera pasado esa tarde por la esquina de la circular 72 con 38, habría visto un Dimitra completamente distinto.

―Mira ―irrumpió ella―. Yo empecé a estudiar diseño de vestuario muy emocionada, pero me encontré con algo distinto a lo que imaginé al inicio. Me llené de muchas dudas y a veces me aburría, por los estándares que sugerían para validar tus proyectos, sin mencionar lo subjetivo que era y que más allá de ser original y creativo, debías encajar con los estereotipos sociales y de moda. 
―Entiendo.
―Estuve con ganas de pasarme de carrera durante un tiempo, aún más, porque era inadmisible que criticara cosas del sistema de moda, habiendo elegido esa carrera. Quería estudiar artes plásticas pero no me lo permitieron. "En este país del arte no se vive y no lo valoran, el diseño te dará de comer y para vivir”. Creo que olvidaron la parte de que debes tener también muchos contactos y más en esta ciudad, que todo es influencias. Sin embargo, con el tiempo le cogí mucho amor a la carrera. Ahora no me imagino viviendo sin diseñar o escribir.

Yo asentí con la cabeza y luego giré a la derecha para ver a la joven mesera acercarse con el pedido “buenas, con permiso” nos dijo, mientras ubicaba con delicadeza toda la indumentaria: Un servilletero plateado, un juego de vinagrero y aceitero de cristal con la boca metálica, el plato, dos vasos y las dos botellas de cerveza.

―Gracias ―Dijo ella sonriendo y continuó―. Finalmente me pude centrar y especializar en lo que quería, intentando mostrar y argumentar mi forma de ver el mundo y de diseñar. Pero en muchas cosas la sensación era esa: sentir y tenerme que adaptar a un montón de estereotipos impuestos y todos esos conceptos de moda. Patrones muy rígidos, cosas muy monótonas, donde si no vestías de cierta forma "muy fashionista" no encajabas en la carrera. La verdad, yo hasta creo que si me hubieran dejado pasarme de carrera, nunca me habría convertido en escritora. En cierta parte, yo creo que empecé a escribir para liberarme, expresarme y encontrarle sentido a todo lo que vivía y quería vivir. Escribir se convirtió en mi refugio. En un ejercicio catártico.
―Conozco perfectamente la sensación. 

Mientras más conversábamos, más entraba la noche y más historias contábamos de los años de universidad, más se esforzaba la lluvia por tocarnos. Finalmente tuvimos que ceder y cambiarnos de mesa.

―Entonces… Sí, volviendo a lo de los libros. Así como hay géneros y autores, como en el caso de la literatura juvenil, que son devaluados en una campaña de desprestigio gigante, a pesar de que sea un género con grandes exponentes, incluso clásicos; también hay autores y géneros que están sobrevalorados ―retomó. 
―Y muchos otros muy buenos que se pierden en las intenciones comerciales de sus editoriales. Autores excelentes que son tan exitosos, tan aclamados y tan vendidos, que sus mismos promotores y sus propias editoriales, te matan por completo el interés de leerlos.
―Como Bukowski. Que se convirtió lamentablemente en el ídolo literario de muchos que se creen superiores a otros solo por leerlo a él, o por postear frases suyas en redes sociales. Diferente obviamente a quienes lo leen con pasión sin necesidad de presumirlo.
―Y como todos los clásicos que te hacen leer en el colegio. Son libros traumatizados, libros que probablemente, nunca más estén en la lista de libros de nadie ―Afirmé.
—El problema de los clásicos, es que los abordan como una imposición y sin una adecuada estrategia para hacer su lectura más amena en la etapa escolar. Es fundamental leerlos; pero como vas a imponer clásicos, a chicos que ni siquiera han tomado la lectura como un hábito que disfruten, ni han tenido un proceso lector con libros previos inherentes a su desarrollo. Están dando todo por sentado y hasta le restan importancia a los procesos lectores. Por ejemplo el aprendizaje mediante los libros ilustrados, los debates de temas tácitos en los libros infantiles...

Yo pedí una segunda cerveza, pero Dianne pidió un té caliente de fresa y kiwi. Por esta escena, toda la tarde de ambos valió la pena. La mesera trajo su bandeja con una tetera minimalista, blanca que echaba humo a borbotones por el cuello. La puso sobre la mesa, junto con un vaso de cristal con doble fondo y al lado, el sobre de té que Dianne ya había escogido previamente. Ambos vimos la tetera por un momento. Ella dejó caer el contenido del sobre en el vaso y luego comenzó a llenarlo con el agua de la tetera, que se coloreó rápidamente de un cereza intenso y se iba aclarando cuanto más agua caía, dejando un rastro de color que jugaba en el agua hasta desaparecer. Estuvimos hablando un momento de lo especial que se veía, mientras mirábamos el vaso. Luego hablamos un poco de algunos autores y sus estilos. De la fluidez narrativa, de lo ligero. De lo importante de ser contundente sin abandonar la estética. De lo diferente que escribimos unos y otros. De las grandes frases.

Habíamos pasado una tarde muy divertida y estábamos disfrutando de los últimos sorbos de nuestras bebidas, cuando apareció un loco sin camisa por la baranda junto a nuestra mesa. Nosotros no reaccionamos y él no se interesó en nosotros tampoco, pero quizás resultó un poco molesto para el grupo de la mesa del lado y cuando el mesero se acercó para pedirle que se fuera, el tipo se sobresaltó y comenzó a gritar todo tipo de insultos. Dianne y yo nos quedamos mirando sin entender mucho lo que pasaba. Y luego el personaje dijo: "Agradezca que yo soy la nobleza encarnada porque sino…”

―¿Qué mierda dijo? ¿Dijo nobleza encarnada? Jajaja… No puedo creer esto.
―¿Nobleza encarnada? Ok. Esto es lo último que yo tenía que escuchar en la vida. No puedo evitar pensar en Jesús.
―Yo no puedo evitar pensar en una uña del pie. 

Ambos reímos y cuando el tipo estuvo lejos, dejando completamente descolocado el ambiente del lugar, aprovechamos para terminar y pedir la cuenta. En ese lapso, perdimos el hilo de la conversación y comenzamos a hablar de otras cosas. Nos fuimos del lugar conversando mientras Dianne me compartía su concepto del apoyo al arte en este país.

―Mira, yo creo que acá somos un poco hipócritas con la escritura ―dijo acomodándose la manga de la camisa, aun saliendo del lugar―. Porque siempre se están gestionando campañas ofreciendo la lectura y las artes como una salida de muchas cosas; de los conflictos, de la pobreza, de la violencia etc. Pero somos pésimos apoyando realmente a las personas que quieren generar contenidos y que perseguimos e intentamos hacer arte de alguna forma menos convencional a nuestras raíces o historia. Y no respaldamos a los verdaderos escritores que quieren surgir, a menos que se trate del tipo de temáticas y géneros que ellos no quieren abandonar simplemente porque son el estigma de cada día de nuestro país… Como lo que hablábamos de las editoriales. Muchos escritores, por ejemplo, buscan diferentes sellos editoriales y lo que más encuentran, son puertas cerradas, evasivas, rechazos. Pero en el momento que se convierte, de algún modo en un autor ya publicado y de renombre; en ese momento empieza una cacería editorial para quedarse con él. Cuando antes ni siquiera confiaron un poco en su talento. Muchos incluso buscan oportunidades en editoriales de otros países.
―Sí. Como con García Márquez.
―Como muchos. Es triste. Pero mira que en Colombia, conseguir libros de muchos géneros es difícil. Muchos ni siquiera están en el país y tardan meses y hasta años en llegar acá, sagas que dejan incompletas... Y mira países como España. Ellos tienen muchos sellos editoriales muy buenos y muchos sellos independientes de muy buena calidad, que impulsan y le apuestan a escritores y artistas jóvenes y desconocidos. Al género juvenil, fantástico, a la ciencia ficción. Incluso últimamente están apostando demasiado a la literatura en otros formatos con las novelas gráficas y los libros ilustrados, donde valoran al escritor y al ilustrador por igual. Aquí lamentablemente he escuchado muchas veces opiniones que descalifican las editoriales independientes; cuando muchas de estas, también están generando grandes proyectos y siendo igual de visibles en el mercado. 
―…
―Sí, es cierto que ahora tenemos muchas alternativas y diferentes medios de acceder al contenido y de publicalo. Internet lo cambió todo y ahora puedes leer en digital, comprar por Amazon, tener una Kindle. Pero lo que quiero decir es que aquí aún no tenemos tan arraigada la costumbre de las compras digitales al menos en cuestión de libros, el uso de una kindle no es tan común como en otros países. Por lo tanto debemos ceñirnos a lo que nos ofrece el mercado Colombiano. Sin enfatizar en el hecho de que aunque en Colombia si se lee, igual el porcentaje de lectura sigue siendo muy bajo como para invertir en un dispositivo especializado para la lectura.
―Claro ―agregué. Y volví a callarme para que ella continuara.
―Tampoco ayuda el impuesto al libro tan alto… Es muy difícil comprar y disfrutar lo que no conocemos. Exigir a las personas que lean más e intentar incentivarlos, cuando gran parte de la oferta y la publicidad la invierten fuertemente en lecturas efímeras que pocas veces van a generar amor por la lectura y la creación de un hábito, no tiene sentido. Sí, hay una oferta variada de libros, tampoco digo que no haya de donde escoger, pero infortunadamente, las editoriales dan más visibilidad a esos contenidos, a pesar de tener grandes exponentes de literatura universal en sus catálogos. Igualmente pasa con géneros como la literatura infantil, juvenil, la fantasía, que se publican cantidades de libros y se realizan cantidad de traducciones, pero aquí traen pocas y algunas de ellas con una baja calidad literaria. Puede ser injusto y a veces fuera de lugar compararnos con otros países y otras culturas, pero también debemos avanzar. Seguir su ejemplo sería un primer paso. 

Ambos callamos un momento. Caminamos, mientras Dianne terminaba su idea y finalmente llegamos a su casa, que quedaba a unas cuadras del lugar. Ahí aproveché para pedir un taxi y despedirme de ella. Ambos parecíamos bastante satisfechos y contentos por habernos conocido. Creo que pude irme del lugar con una idea muy general, pero muy diciente de esta escritora y diseñadora. Creo que la publicidad sobra y creo que de la mejor manera posible, ahora ustedes y yo conocemos básicamente lo mismo de ella (Ese es el poder de la narrativa. El poder al que Dianne le apuesta). Pero independientemente de cualquier cosa, considero que una persona que se atreve a perseguir y atrapar una oportunidad por algo en lo que cree y que desea conseguir, merece sin lugar a duda la oportunidad de que su voz sea escuchada, o leída en el caso de Diana Sierra A.K.A Dianne Gothly.

Agradecemos enormemente a Diana Sierra por compartir un poco de su espíritu con nosotros y abrirnos las puertas de su casa y las páginas de su libro, dejándonos conocer un poco sobre su trabajo y sobre todo, le agradecemos por permitirnos acercarlos a todos ustedes a su obra. A Dimitra y todos sus empleados por su atención tan especial y por brindarnos un espacio en el cual compartir una tarde tan entretenida, llena de alternativas gastronómicas deliciosas y auténticas. Por la buena música y la buena vibra.





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EL KANKA y Manuel Medrano - Que bello es vivir


El Kanka. Cantautor, compositor y músico español. es considerado uno de los mejores exponentes de la nueva generación de cantautores de España. Esta versión de su tema que bello es vivir junto a Manuel Medrano está llena de textura y una propuesta musical muy interesante.

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La luna me sabe a poco

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Capítulo I

Mi nombre es Jonathan Silencio, y mi trabajo es que sigáis creyendo que vivís a salvo. Ambas cosas son falsas.
Escogí ese nombre por el personaje de Algernon Blackwood, un investigador de lo oculto que él llamó John Silence, cuando volví de la muerte. En aquel momento, y aún hoy, yo no tenía memoria de mi pasado, ni recordaba mi nombre o cualquier otro dato sobre mi vida. Así que escogí ese, que después de todo pegaba con mi nuevo trabajo.
Soy detective, investigador, guardián, cazador, como se quiera llamar. Investigo lo que otros ignoran, me muevo por las sombras de la noche para cazar lo que, de otro modo, os cazaría a vosotros. Y tampoco se me caen los anillos por buscar a vuestro perrito o sacar fotos de vuestra pareja y su amante, si pagáis bien.
Llevaba varias noches pateándome las calles de Valladolid, buscando pistas sobre una serie de asesinatos que la policía achacó primero a bandas callejeras y después a perros callejeros. Eran tan inútiles que su siguiente paso sería culpar a planos callejeros, pero por suerte, alguien me contrató antes.
La madre de una de las muchachas muertas había decidido que, tras dos meses sin pistas, la policía no iba a conseguir nada, y que recurrir a un tipo discreto y con experiencia sería lo mejor.
La madre, cuyo nombre omitiré, había visto el cadáver de su hija antes de que los forenses lo arreglasen. Fue ella la que lo encontró, en la cochera de la familia, sobre y bajo el coche de la familia, y un poco en las paredes de la cochera de la familia.
La noche del sábado, la chica salió con sus amigas a tomar unas copas y bailar. Según las declaraciones de estas amigas a la policía y mis conversaciones con ellas, se perdieron de vista en la zona de bares de Cantarranas, y cuando intentaron contactar con ella, el teléfono de la víctima estaba apagado.
Al parecer, alguien la siguió desde dicha zona hasta su casa, y ella fue atacada al entrar por la cochera. Yo suponía que no usó la puerta principal porque la cochera quedaba más cerca de su habitación y no quería despertar a sus padres, aunque ese era un detalle menor. Simplemente, no me gustan los cabos sueltos.

Las anteriores víctimas, según los informes policiales que un agente más amigo del dinero que de la honradez me había fotocopiado, fueron tres prostitutas, muertas en dos noches diferentes del mes de agosto. La policía pensó que se trataba de una lucha entre bandas rivales, y que las putas murieron en alguna revancha o aviso de una banda hacia la otra. Un enfrentamiento por el territorio, una llamada de atención para las demás chicas de la calle.
Esto habría tenido algo de sentido si las víctimas hubieran muerto tiroteadas, rajadas o algo así, pero no era el caso. Las tres murieron de la misma manera. Encerradas en una habitación, una de ellas sola, y las otras dos juntas la noche siguiente, fueron atacadas por perros que destrozaron sus gargantas y las destriparon. Imagino que no fueron muertes rápidas ni fáciles.
La teoría de la poli era muy simple. Los miembros de la banda A, tratando de asustar a las chicas que trabajan para la banda B, secuestran a un par de putas, las encierran en una habitación de hotel, sueltan a los perros y dan un escarmiento, dejando allí el mondongo.
La teoría de la poli era una gilipollez.
En primer lugar, meter a uno o más perros de buen tamaño en un hotel, por mucho que fuese una pensión de mala muerte, no es algo que se haga discretamente. Además, las chicas trabajaban para la banda B, unos rumanos bastante chungos, y estaban en su zona. Entrar en territorio de una banda enemiga con perros salvajes y gente suficiente como para controlar a dos rehenes a la vez... vaya, eso en mi barrio es pelea.

Yo estaba en mi habitación de La Cueva, una hostelería bastante decente, con la ventaja de que sólo tiene dos pisos y se puede saltar desde el balcón y huir por la calle Correos o por Campanas, y perderse en las estrechas calles circundantes si las cartas vienen mal repartidas.
Llevaba cuatro cigarros y un par de Jack Daniels cuando conseguí entrar en el ordenador de la Poli y ver las fotos de las escenas del crimen. Mi contacto en la policía pedía demasiado por ellas, y la pensión tiene wifi, así que tomé el camino difícil.
Acabé el bourbon de un trago al ver la habitación con los cadáveres de las dos chicas. Era como si alguien hubiese lanzado dos Monster High y un kilo de albóndigas contra el ventilador del techo. Hice de tripas corazón, como alguien había hecho ya con ellas, y examiné las fotos con toda la objetividad posible. Me costó otra copa.
Aquello era tan salvaje que habría hecho vomitar a los perros.
Además, si uno se fijaba en las marcas de zarpas de la pared y los desgarrones de los colchones, estaba claro que aquello no era obra de ningún perro.
La única conclusión posible, la que jamás se plantearía la Policía, era la que yo confirmé al ver aquellas fotos de la habitación, por cuyas ventanas se veía claramente una luna menguante.

Había un hombre lobo cazando en Valladolid.

CAPÍTULO II

-¿Qué quiere decir cuando se refiere a un “hombre lobo”, señor Silencio?
La señora de la casa, a la que llamaré María, me miraba desde su pulcro sofá mientras sujetaba su bebida con delicada elegancia. Si hubiera sido un té, la cosa resultaría muy miss Marple, pero el estado de nerviosa postración en que se encontraba tras la muerte de su hija la había llevado al gintonic mañanero sin ningún pudor.
Yo me serví un Cardhu, y me di un tiempo para disfrutar su profundo sabor a madera. O lo que yo considero sabor a madera, claro, no voy por la vida chupando muebles.
-Usted ya sospechaba algo fuera de lo normal, señora. Por eso me buscó a mí en lugar de a un detective más corriente. Estoy seguro de que se trata de un hombre, porque el componente sexual entre los preternaturales es tan común como entre los humanos.
-¿Cree que mi hija fue... atacada sexualmente?
Me apresuré a sacudir la cabeza, negando la posibilidad. Aunque no seria extraño que el hombre lobo hubiese violado a las víctimas, saberlo no ayudaría a mi cliente.  Bastante tenía la pobre mujer. Dio un sorbo a su copa mientras yo continuaba con mi explicación.
-Estos seres son más comunes de lo que la gente cree, señora. No se trata sólo de personajes de películas y libros. He cazado a unos cuantos, y estoy seguro de que aquí tenemos a un hombre lobo, alguien capaz de transformarse en mitad humano, mitad animal. Con la fuerza suficiente como para hacer lo que le hizo a esas chicas, y la rabia, la falta de escrúpulos necesarias para que no le importe hacerlo.
En su forma humana, será un tipo normal, el vecino soltero y solitario con el que nos cruzamos todos los días, un poco hosco y con tendencia al mal humor. Rabioso, frustrado por algún motivo. Pero cuando cruza el velo, cuando esa fuerza se manifiesta...  se convierte en una bestia guiada por instintos.
-¿Con la luna llena?
-No es imprescindible. Es una cuestión de cómo de fuerte es.
-Perdone, pero no le entiendo –dijo mientras se levantaba y se preparaba otra copa.
Me admiró su control. Las manos apenas le temblaban, aunque el tintineo del cristal mientras vertía el líquido era audible. Sus hombros estaban alzados, la espalda recta, en un intento de disimular una tranquilidad que no podía sentir. Supuse que empezaría a llorar en cuanto se quedase sola.
-Los preternaturales no son iguales entre sí –expliqué, en un intento de convertir en racional lo ocurrido- y su fuerza es una de las grandes diferencias. Cuanto más poderoso sea el hombre lobo, más capaz será de controlar su mutación. Un hombre lobo débil, digamos alguien recién mordido que ha sobrevivido al ataque, se transformará con la luna llena, sin poder controlarlo, y atacará de forma oportunista, a quien encuentre en su camino. Un hombre lobo fuerte, con voluntad, y que ejerza esa voluntad resistiéndose a la bestia interior, puede convertirse en hombre o en lobo cuando lo desee. Puede mantener un cierto grado de control durante la transformación y escoger a sus víctimas.  Sin embargo, ese mismo poder es una forma de castigo, una carga pesada.
-Disculpe, pero me temo que no acabo de comprenderle.
Apuré mi copa y saqué un cigarrillo. Me miró con cierta hostilidad, así que volví a guardar el cigarro. Estropear el olor a lavanda de aquél salón habría sido demasiado.
-Imagine el poder como un arma. Un preternatural recién despertado, un hombre lobo recién mordido, es algo así como un atracador con una navaja. Está armado, es relativamente peligroso, y puede llevar su arma encima todo el tiempo. Un preternatural fuerte y con férrea voluntad, como el que creo que nos ha tocado, es el puñetero Chuck Norris con un bazooka al hombro.
-Le ruego que modere su lenguaje –dijo María.
Envidié el autocontrol de aquella mujer. Si el preternatural hubiese sido ella, me habría asustado. Y mucho.
-Perdóneme, doña María. Bien, lo que quiero decir es que el poder es un peso con el que tienen que cargar continuamente, un dolor constante que sólo mediante la voluntad puede controlarse. Algunos preternaturales no pueden ejercer su poder, porque pesa demasiado. Otros han de huir de nuestra realidad hacia otras, como los fantasmas o espectrales, y otros, como los vampiros, pueden ser destruidos por ese poder si no controlan su sed, si tratan de permanecer en nuestro lado de la realidad para satisfacerla.
Hice una nueva pausa, dando tiempo a la mujer para que asimilase la información. O para que me echase de su casa, tildándome de loco. Pareció tomárselo bien, así que seguí.
-Le cuento esto porque, y es sólo una posibilidad remota, quizá la muerte de su hija no sea casual. Quizá el hombre lobo la conocía personalmente. Un novio frustrado, un enemigo profesional, alguien que desease hacerle daño por cualquier motivo...
-No creo que mi hija tuviera ninguna conexión con las tres muchachas de la calle que murieron antes que ella.
-Por supuesto, por supuesto... de hecho nada lo señala en el testimonio de sus amigas ni en los informes policiales. Pero quiero que tenga en cuenta la posibilidad de que haya una conexión. Y que tal vez necesite usted cierta protección.
Saqué de mi mochila un par de botes de espray que dejé sobre la mesa, junto al gintonic de María.
-Estos aerosoles contienen una solución de dialkilsulfito y nitrato de plata. Resultaría tóxico para cualquier humano, pero es aún peor para un hombre lobo. Llévelos siempre encima y, si aparece por aquí, trate de darle en la cara, en los ojos o el hocico. Eso le dará tiempo para huir. Prepare una habitación con ajos en puertas y ventanas, y todos los objetos de plata de la casa. Será su habitación del pánico. Y lleve encima alguna joya de plata, a ser posible perteneciente a su hija.
-¿A mi hija?
-Sí, señora. La plata no les gusta, pero si además tiene una carga de sentimientos... bueno, será una fuerza añadida. Y si puede darme algún objeto de plata que perteneciese a la chica, sería un arma más efectiva que yo podría usar contra el monstruo.
Con una compostura envidiable, María digirió toda la información y la empujó con un elegante trago de la copa. Pensé que en su juventud tuvo que ser una mujer impresionante.
Se levantó, guardando uno de los aerosoles en el bolsillo de su vestido, y salió de la habitación. Volvió un par de minutos después con un pequeño joyero en la mano. Lo dejó sobre la mesa y lo abrió, dejando salir una música dulce y lenta, empalagosa como un final de película Disney. Era la caja de una niña. Sacó de  ella dos cadenas de plata, una de ellas con un crucifijo y la otra, algo más gruesa, con una medalla de San Cristóbal. Suspiró muy hondo, mordiéndose los latidos para no arrancar a llorar, aguantándose las ganas de contarme de dónde salieron aquellas joyas, de hundirse en la nostalgia como habría hecho la mayoría de la gente. Me entregó la medalla de San Cristóbal con su cadena.
-Usted dice que el hombre lobo pudo llegar a serlo por el ataque de otro –dijo-, por lo que no sería más que otra víctima, en cierto modo...
-Sí, así es. Un hombre atacado por un licántropo no tendría mucho control sobre sus actos. En cierto modo, no podríamos culparle, moralmente.
Respiró hondo. Supongo que estaba dándole vueltas a las implicaciones morales de aquello.
-Si le encuentra... –clavó sus ojos secos en los míos-, no, cuando le encuentre, no quiero que eso le detenga. Mate a esa cosa.
Asentí. Guardé la medalla en el bolsillo de mi chaqueta y recogí la mochila. Ya estaba todo hablado, así que estreché la mano seca y fría de María y me retiré. Volvió a llamarme cuando casi había alcanzado la puerta.
-Señor Silencio.
Me detuve y me giré.
-Dígame, María.
-Usando su metáfora, ¿cuál es la fuerza a la que nos enfrentamos? ¿Un atracador con una navaja grande, tal vez? ¿O un Chuck Norris armado?
Sonreí de medio lado, sin alegría ninguna. Un lobo que ataca fuera de las fases lunares y destroza de esa manera carne y huesos no es ninguna broma.
-Creo, señora, que es más bien King Kong con un tanque en cada mano.

CAPÍTULO III
 
Encendí mi móvil al salir de casa de María, y en unos segundos me llegó un mensaje de mi contacto en la policía. Me informaba del hallazgo de un nuevo cadáver, otra prostituta que trabajaba en la misma zona que las primeras, y que había muerto en parecidas circunstancias la noche anterior, aunque la habían encontrado durante la tarde del día de hoy. La escena, esta vez, no era una habitación de hotel, sino un callejón de la zona de Cantarranas.
Me colgué al cuello la cadena de plata y me dirigí al escenario del crimen, aunque sabía que la poli no iba a dejarme meter el hocico por allí.
Atardecía ya, uno de esos atardeceres de septiembre que parecen crema espesa en un cielo sucio, y la llegada de la noche no era un buen augurio. El lobo había atacado la noche anterior, y supuse que estaría enfebrecido de sangre y ansia.
Rondé un rato la escena del crimen, pero había demasiados policías para que mereciese la pena el riesgo de entrar. Habrían descubierto que mi placa era falsa en un abrir y cerrar de ojos. Así que decidí prepararme para la noche, suponiendo que la zona de caza de la bestia estaba centrada en Cantarranas.
Entré en el “Ángel o Diablo”, un bar de copas de la calle Macías Picavea, que a esas horas aún estaba tranquilo.
Una chica limpiaba con servilletas de papel un charco de líquido que escurría por el frontal de la barra, ofreciendo una interesante panorámica de su trasero prieto. Por lo demás, el local estaba vacío.
-¿Me pones un Jack Daniels cuando puedas, cariño? –dije mientras me dirigía al fondo de la barra, desde donde podía vigilar la puerta sin problemas. Vicios del trabajo.
-Prueba con el camarero. Cariño –dijo ella con frialdad-. Yo no trabajo aquí.
En ese momento salió del almacén un joven fornido, con una de esas camisetas de manga tan corta que parecen decir, “mira, tengo un bíceps aquí mismo”, llevando un cubo y una fregona.
-Vale. La copa era tuya y no eres la camarera, sino una cliente.
-Chico listo –dijo ella dejando el deforme puñado de servilletas sobre la barra-. ¿Eres detective o qué?
Me fijé mejor en ella. Era alta, de larga melena castaña, y tenía un cuerpo muy aceptable, envuelto por unos vaqueros ajustados y uno de esos jerseys amplios de cuello abierto que dejan siempre un hombro al descubierto. Me encanta mirar los hombros insinuados de las mujeres, son como promesas de un mañana mejor.
-En realidad, sí –abrí ligeramente mi chaqueta, mostrando la funda sobaquera de mi revolver-, uno de esos a lo Mike Hammer.
Como esperaba, sus ojos brillaron al ver el arma. Algunas mujeres prefieren el olor a adrenalina sobre cualquier otro.
Se sentó en una banqueta cercana, dejando un par de ellas libres entre nosotros. Sin prisas, sin confianzas, pero sin demasiada distancia.
El camarero acabó de limpiar y me preguntó qué quería. Pedí un Jack Daniels y una copa para ella, sin preguntarle si aceptaba mi invitación. Aceptó, claro.
Hablamos durante un par de copas, sin agobios, mientras el local iba llenándose de gente. Hice unas cuantas preguntas sobre los ataques, sobre si los residentes de la zona habían escuchado algo, ese tipo de cosas que hacemos los detectives. Ella me preguntó por mi trabajo, mis experiencias, mis cicatrices. Era una de esas mujeres a las que le gustan las cicatrices. De esas mujeres que contemplan tus heridas mordiéndose los labios, pensando en cómo inflingirte algunas nuevas que te hagan olvidar las antiguas. Y yo soy un coleccionista de cicatrices.
Dos horas después estábamos en su casa, un viejo edificio de tres plantas en la calle Gallegos. A un lado, una casa de dos plantas hecha polvo y un solar vallado que hacía esquina con Bajada de la Libertad daban fe de lo humilde de la zona, mientras que por el otro, la calle se prolongaba en edificios con aspecto de igual desamparo.
Subimos por las escaleras comiéndonos a besos, con un ansia casi animal que hizo que no sintiera el olor a moho y madera vieja del portal, ni nada más allá del de su piel.
Abrió la puerta de la casa mientras yo, a su espalda, me frotaba contra aquél culo perfecto y mordisqueaba su nuca y su cuello, y entramos casi peleándonos por quitar al otro la ropa.
Desabroché la funda del arma en el pasillo, y ella la arrancó junto a mi camisa, tirándolo todo al suelo, mientras avanzábamos a empujones hacia su dormitorio. El jersey quedó en el umbral abierto, y la luna que se asomaba por la ventana me mostró sus pechos, no demasiado grandes, duros, coronados por unos pezones oscuros y amplios que besé con ganas. Caímos sobre la cama, y di gracias a que fuera de matrimonio mientras rodábamos por ella, jadeando al arrancarnos los pantalones, riendo por lo difícil que resultaba quitarnos el calzado.
Mis pantalones se enredaron en la caña de mi bota, y ella se arrastró hacia abajo, frotando su piel contra la mía, para ayudarme a quitarme la bota, y a la vez empezó a lamer mi sexo, a abrazarlo con su boca húmeda, a besar y morder mis muslos con tal avaricia, con tan bestial deseo, que pensé que no aguantaría ni el tiempo suficiente para desnudarla por completo.
Un minuto después toda mi ropa estaba en el suelo, y toda la suya repartida por la habitación.
Correspondí entre sus piernas, conteniéndome, tratando de apagar en su receptiva humedad el fuego de mi lengua, sintiendo cómo mi barba de tres días irritaba y calentaba aún más la blanca piel entre sus muslos.
Noté cómo llegaba, cómo se arqueaba hacia arriba buscando aún más el estímulo de mis labios, y saqué mi lengua de su interior sólo el tiempo suficiente para que me echase de menos, para que me buscase cerrando las caderas, sacudiendo su cintura hasta encontrar de nuevo mi boca, y mordí con delicadeza los labios de su vagina, notando por fin cómo se derramaba mientras sus gemidos borraban todo sonido del mundo.
Subí, mi boca empapada besando cada centímetro de piel descubierta, piel azulada por la luna, poro abierto y encrespado como un mar que recibe la tormenta y la multiplica, le da sentido al trueno y a la furia, y desata al fin la tempestad inmensa.
No hizo falta que buscase la entrada, sus manos ya me guiaban, me acariciaban, me forzaban casi a entrar. Lo hice despacio, oponiéndome a la fuerza de sus piernas cerradas alrededor de mi cintura, y fue en ese momento cuando se abrió la puerta de la habitación.
Me quedé paralizado, a medio camino del paraíso, mirando sin entender a la mujer alta, ancha de hombros y de larga melena negra que nos contemplaba desde el umbral. Llevaba una blusa negra, vaqueros negros y botas altas, y sus grandes pechos parecían a punto de rebosar por la abertura de los botones.
Entonces, mi amante apretó aún más con sus piernas, elevando sus caderas, y me introdujo en ella con tal fuerza que no pude evitar un jadeo ronco.
La mujer del umbral nos miró, su expresión indescifrable en la penumbra de la luna, y desabrochó los botones de su blusa con rapidez, casi con rabia.
La lujuria se apoderó aún más de mi al imaginar que aquella mujer, fuese quien fuese, iba a unirse a nosotros, como pasa en las películas eróticas o en las revistas como Penthouse, y me dejé encerrar por aquellas piernas y aquellos ojos.
Sin pensar, en ningún momento, que yo no era un personaje de película erótica.

CAPÍTULO IV

El trabajo de detective se basa en unos pocos pilares básicos. Observación, perseverancia, mente abierta y poco más. Como decía Holmes, cuando todo lo imposible ha sido descartado, lo que queda, por improbable que parezca, es la verdad.
Así que cuando aquella imponente mujer se desabrochó la blusa y vi sus grandes pechos agitarse con furia mientras se la arrancaba, y vi un segundo después cómo empezaban a cubrirse de pelo, la verdad quedó bastante clara.
El rostro de la mujer empezó a moverse dentro de su piel, mientras sus huesos y músculos se reordenaban y sus ojos parecieron encogerse, hundirse en las cuencas, tal vez un efecto óptico debido a la prolongación de su boca en un hocico.
No me quedé a ver el resto de la película.
Traté de levantarme, cogiendo a mi amante fortuita para apartarla de lo que se avecinaba, pero ella aún cerraba con fuerza sus piernas sobre mí, y yo estaba clavado con una mariposa en el tablero de un coleccionista. Como una mariposa muy excitada.
-¡Tenemos que largarnos! –grité a la vez que rodábamos sobre la cama, abrazados, con sus caderas aún moviéndose- ¡Rápido!
Caímos al suelo, con la cama entre la mujer lobo y nosotros, con la camarera sobre mí. En lugar de levantarse y salir corriendo, lo que hizo ella fue seguir moviendo sus caderas, saltando con lujuria renovada sobre mí, y la mezcla de terror, excitación y adrenalina convirtieron aquello en la más salvaje experiencia sexual que recuerdo. Duró apenas tres segundos, el tiempo que tardó la camarera en responder entre jadeos.
-No tienes ningún sitio al que huir, imbécil...
El gruñido ronco que vino del otro lado de la habitación parecía apoyar la idea. Yo tampoco estaba en posición de discutirla.
El siguiente momento fue muy confuso. Al mismo tiempo que ella llegaba al climax, mi cuerpo respondió, derramándome dentro del suyo como una presa que se abre, y ambos nos tensamos en perfecta armonía, mi grito involuntario uniéndose a su chillido de placer, de triunfo, y al aullido de rabioso dolor de la cosa al otro lado de la cama.
Entendí lo que ocurría. Una parte importante del trabajo de detective consiste en tener la suerte de encontrarte en el lugar y momento adecuados para ver cómo sucede lo improbable.
No tenía tiempo de pararme a discutir con la maldita camarera, y desde luego, ella no necesitaba que la salvase. Puse las manos en sus pechos y empujé con todas mis fuerzas, consiguiendo por fin quitármela de encima. Al otro lado de la cama, la espalda de la mujer lobo se había ensanchado casi medio metro, y sus ojos eran ya de un color dorado pálido. Cruzamos nuestras miradas durante un instante, y vi en la suya el mismo dolor, la misma rabia frustrada y desesperada de cualquier enamorado que descubre la infidelidad de la persona amada.
Cogí del suelo mis pantalones, aún enredados en mis botas, y abrí la ventana. Salir por la puerta era imposible, con aquella cosa en medio, y eso dejaba fuera posibilidad de llegar hasta mi arma, así que la prioridad era poner tierra de por medio. Tendría que conformarme con la navaja que guardaba en la funda cosida al interior de la bota izquierda. Subí al alfeizar, con el bulto de ropa bajo el brazo, mientras la camarera se levantaba mirándome con rabia.
-¡Ya te llamaré yo, preciosa! –grité mientras saltaba.
Lanzarme a la calle implicaba un salto de dos plantas, mientras que a la derecha de mi posición había otro edificio igual de alto, que como mucho me ofrecía la posibilidad de agarrarme a un balcón. Nada muy prometedor. A la izquierda había un edificio más bajo que en el que me encontraba, y después un solar en obras, vallado. Parecía un descenso más gradual, y en una zona no habitada. Todo ventajas.
No habría sido un salto fácil para un humano normal, pero yo soy un poco más que eso. No tan poderoso como la licántropo, pero sí más ágil, fuerte y resistente que los humanos normales. O eso esperaba.
Salté con la mano izquierda estirada hacia delante, la derecha sujetando la ropa, y conseguí aferrarme al canalón del edificio. La inercia y un buen impulso hicieron el resto, y giré sobre el canalón, el cuerpo horizontal, soltándome cuando ya había superado la esquina. El dolor del brazo y el golpe contra el tejado me dejaron casi sin respiración, pero no tenía tiempo para sutilezas.
Me puse en pie, corriendo a lo largo del tejado hacia el solar, donde esperaba encontrar un pico, un buen puntal de hierro o alguna otra cosa que me sirviese de arma improvisada.
Un golpe y un gruñido ronco a mi espalda me informaron de que la mujer lobo estaba ya sobre el tejado, muy cerca, así que aceleré la carrera, buscando con la mirada un punto de aterrizaje adecuado. Si yo fuese un detective de peli americana, habría encontrado una piscina.
Salté directo hacia un palet de sacos de cemento.
La mujer lobo saltó medio segundo después, su olor mezcla de Anais y perro viejo envolviéndome, y supuse que me caería encima, que la cosa acababa ahí.
Aterricé sobre los sacos de cemento con las piernas flexionadas, estirándolas mientras me zambullía hacia delante, y sentí el peso inmenso de la bestia cayendo justo detrás. Su masa, multiplicada por la energía que invirtió en la transformación, había aumentado hasta dos o tres veces la original. Por eso les cuesta tanto permanecer en nuestro plano o mantener la transformación. El coste energético es inmenso, aunque ella pensaba resolverlo con un buen plato de Silencio.
En todo caso, ella no rebotó sobre los sacos, ya rotos y desequilibrados por mi aterrizaje. Mientras yo rodaba hacia delante, el palet se desmoronó y varios de los sacos reventaron literalmente, haciendo que la mujer lobo cayese entre una polvareda áspera y opaca.
Agradecí aquellos segundos de tregua y corrí hacia la valla de la obra, sintiendo el peso y el calor de la medalla de San Cristóbal mientras golpeaba mi pecho a ritmo de galope. La medalla, llena de la energía emocional de la chica muerta, una energía canalizada por la plata, reaccionaba a la presencia de la bestia. Lo que era cojonudo metafísicamente hablando, pero de dudoso sentido práctico.
Por el camino cogí una barra del suelo, ya que tener un mal arma es mejor que no tener ninguna, y mi navaja no podía contarse como tal. Un instante después estaba saltando la valla. Mi enemiga seguía perdiendo el tiempo entre una nube de cemento en polvo, destrozando lo que quedaba al alcance de sus garras, así que obtuve una cierta ventaja.
Corrí por las calles estrechas, desnudo, sucio y con un palo en la mano, buscando un refugio que me permitiese reponerme. Las calles de la zona son en gran parte callejuelas, cortas, estrechas y curvas, y eso obraba en mi favor. Claro que la bestia se guiaba por el olfato, y yo apestaba a adrenalina y al olor, sin duda conocido por ella, de la chica del bar. Me encontraría antes o después.
Recorría una calle algo más larga, en suave curva, cuando encontré la solución. Un contenedor de los viejos, con su tapa y sus rueditas, nada de moderneces soterradas, asomaba en la esquina de la calle con un callejón lateral. Sin pensarlo demasiado, me metí dentro y cerré la tapa, zambulléndome entre las bolsas como un niño en una piscina de bolas. Si aquello no disimulaba el olor, era hora de entregar las armas.
Retorciéndome entre la basura, me puse los pantalones y las botas. Siempre es más digno que encuentren tu cadáver con algo de ropa, y si tenía que seguir corriendo descalzo acabaría con muñones. Además, en esos pocos segundos pude tranquilizar mi mente y analizar hechos e hipótesis.
Hecho; un licántropo había matado a cuatro chicas en la zona.
Hipótesis; la camarera y la licántropo tenían una relación de pareja.
Hecho; la camarera me había llevado a su casa, seguramente porque mis preguntas en el bar le hicieron pensar que podía descubrirla. Cuando la licántropo nos había encontrado juntos, atacó movida por los celos. La camarera reaccionó como si desease precisamente eso.
Hipótesis; la camarera sedujo o contrató a las chicas muertas, provocando intencionadamente la furia de la mujer lobo.
Hecho; la camarera era muy hija de la gran puta.
Cogí mi improvisada arma, y sólo entonces me di cuenta de que era un trozo de tubería de PVC, útil como mucho para matar a una rata pequeña. Uno de los extremos estaba astillado y roto, pero eso no me serviría para detener a la criatura.
Mientras me planteaba el quedarme en el contenedor unas horas, hasta que la bestia perdiese mi pista, escuché un sonido de risas en el exterior. Saqué la cabeza del contenedor, alzando la tapa lo justo para poder asomarme, y vi en el fondo del callejón las siluetas difusas de dos tipos que, iluminados por las brasas de sus cigarrillos, compartían una botella. Genial. Dos vagabundos. Miré hacia la calle por la que yo había venido. Parada en la esquina, la bestia olisqueaba el aire y el suelo. No tardaría más que unos segundos en retomar el rastro.
Iluminada apenas por la luz de las farolas, la licantropo era más que imponente. Medía tal vez un metro noventa, quizá algo más. Su espalda ancha y musculosa, cubierta de un pelo gris pardusco, se agitaba al ritmo de su respiración, y los brazos, que colgaban casi hasta las rodillas, mostraban una tensión muscular que simplemente impresionaba. Las garras, aún teñidas parcialmente de un esmalte de uñas rojo pasión, se agitaban nerviosas. La figura se detuvo, giró la cabeza hacia el callejón y aspiró con fuerza. Había encontrado otra vez el rastro.
Bajé la tapa y me sumergí entre las bolsas de basura.
Opciones, opciones. Necesitaba opciones.
Bueno, había una. La bestia recorrería la calle en mi busca, y al llegar junto al contenedor, lo más probable era que perdiese temporalmente el rastro, porque aquella basura apestaba como el vómito de una cabra. Pero vería sin duda a los dos vagabundos del fondo. Y, llevada por el ansia de caza, les atacaría. Acabar con dos tipos que además tratarían de huir le llevaría unos minutos, los suficientes como para que yo saliese del contenedor y corriese en dirección contraria. Tal vez los suficientes como para volver a la casa de las mujeres y recoger mi arma, tal vez incluso los suficientes como para volver a mi habitación de la pensión y coger un verdadero arsenal. Sólo eran dos vagabundos.
Escuché un ronco gruñido, bajo y sostenido, a apenas un par de metros del contenedor. Ya estaba allí. Era el momento de decidirse.

CAPÍTULO V

El monstruo llegó hasta la esquina. Me mantuve quieto y en silencio. Atacó a los vagabundos mientras yo escapaba. Llegué al hotel, me armé y conseguí cazar a la bestia. Los vagabundos murieron destrozados, aunque a nadie le importó.
No pasó nada de eso.
El monstruo llegó hasta la esquina. Cuando escuché su bronca respiración junto al contenedor, aferré con fuerza la tubería en una mano y una bolsa de basura en la otra, me puse en pie abriendo la tapa con el impulso de mi cuerpo y golpeé a la cosa con la bolsa, tratando de distraerla el tiempo suficiente como para salir del contenedor.
Sus reflejos, mucho mejores que los de un humano o un lobo, le permitieron esquivar mi absurdo ataque y golpearme con un revés de su mano derecha, con la fuerza suficiente como para sacarme del contenedor y arrojarme en medio de la calle.
Bueno, al menos no se había preocupado de los dos sintecho.
La cosa estaba encima de mi antes de que tuviese tiempo de levantarme, y lancé una patada a ciegas, estirando la pierna y tratando de girar el cuerpo al golpear. Alcancé su hocico, lo que sirvió para cabrearla un poco más, y me puse en pie. Lanzó un manotazo, apenas un bofetón, que me pilló de lleno en la cabeza y me hizo volar contra la pared más cercana, aturdido y mareado.
No tenía fuerzas ni oportunidad de escapar corriendo, la pequeña navaja seguía en mi bota y la tubería de PVC era lo más parecido a un arma que tenia a mano. La situación empezó a preocuparme seriamente.
Sacudí la cabeza para despejarme, y me quedé mirando a la mujer lobo. Estaba frente a mí, agazapada, casi juguetona. Sabía que su presa estaba acorralada, y era sólo cuestión de rematar la faena.
Pensé a toda leche, pero no veía ninguna salida. Me ardía la cabeza, y notaba el sabor a sangre en mi garganta. El peso de la medalla en mi pecho habría rendido al mismo Frodo, y me dolían las costillas por el golpe en el tejado. Posiblemente, tuviese alguna rota. Bueno, menos tendría que masticar la cosa. Visto lo visto, no quedaba mucha más opción que morir con cierto estilo. No queda sino batirse, y todo eso.
Me lancé de frente a por la licántropo.

Se limitó a abrir sus largos brazos, cerrándolos sobre mí cuando estaba a punto de embestirla, y apretó con fuerza. Al menos, pensé al oír el crujido, ahora podía estar seguro sobre lo de mis costillas rotas.
Abrió una boca grande como un túnel de metro, llevándome hacia ella. Yo apenas podía respirar, y el dolor que comprimía mis pulmones y atenazaba mis huesos era demasiado como para aguantar sin desvanecerme. Mejor desmayarse antes de que esos dientes se cerrasen sobre mí.
Aún tenía la tubería en la mano, así que hice lo único que podía hacer. Alcé los brazos sobre mi cabeza, sujetando la tubería con el lado roto hacia abajo, y los bajé con todas mis fuerzas, clavando mi ridícula lanza en la boca de la cosa.
Apretó con más fuerza al sentir el súbito dolor en su garganta, aunque por puro acto reflejo mantuvo la boca abierta. Eso fue una suerte, porque mis manos estaban entre sus colmillos.
Sin soltarme, la licántropo retrocedió un par de pasos, sacudiendo la cabeza y tosiendo desde el fondo de la garganta. Supuse que el dolor era intenso, aunque no lo suficiente, ni de lejos, como para detenerla. En cuanto lograse escupir, yo estaría muerto.
Mi siguiente paso fue simple inspiración, uno de esas ideas irracionales que vienen a la cabeza por puro instinto, y que resultan bien en contadas ocasiones.
Me mordí con fuerza los labios, tratando de alejarme del entumecimiento que la presión sobre mis costillas y la falta de aire estaban provocándome, y me arranqué la medalla de plata con una mano, mientras con la otra trataba de mantener la tubería clavada en la boca de la bestia.
Introduje la medalla por la tubería, dejando que se deslizase hacia abajo, un segundo antes de que la licántropo cerrase la boca con fuerza, destrozando el extremo de la tubería y casi amputando mis dedos, que retiré justo a tiempo.
La medalla llegó a su garganta, provocando una dolorosa quemazón en su boca. Me soltó y se llevó las garras al cuello, mientras yo caía sobre su cabeza. Más por rabia que por haberlo pensado, me agarré al hocico cerrado, abrazándome con las pocas fuerzas que me quedaban para tratar de que no escupiese la medalla, mientras la bestia se arañaba con desesperación, intentando librarse de aquél dolor insoportable, del ahogo ardiente que la plata provocaba en su carne.
Los siguientes minutos fueron una agonía silenciosa, en la que la mujer lobo trató de escupir la medalla atrancada en su garganta, y yo de impedir que abriese la boca. Cambiamos golpes y arañazos, cada vez más débiles por parte de ambos, mientras su gruñido ahogado se transformaba en una suerte de sollozo contenido. Cayó de rodillas, arrastrándome con ella, luchando ambos por sujetar al otro, por imponernos en la lucha, con la debilidad ridícula de dos gallos de pelea malheridos. En los últimos instantes, la mujer lobo cayó sobre su espalda, y yo quedé encima de su pecho, mis dos manos aferradas al hocico por cuyas comisuras burbujeaba la sangre que trataba de vomitar. Mis ojos quedaron fijos en los suyos, y durante aquellos largos segundos de agonía en que sangramos juntos, mi nariz pegada a su hocico, pude ver lo que pasaba por su mente, cada vez más lejana a la bestia y más cercana a la mujer, a medida que la muerte definitiva tomaba posesión de ella.
Al final no era más, ni menos, que una mujer frustrada, traicionada una y mil veces por aquella a quien amó, llevada por los celos y la rabia como podría haberlo sido cualquier otra persona. No era más, ni menos, que una mujer engañada, que había luchado con las armas a su alcance. El problema era que sus armas consistían en garras de diez centímetros y colmillos afilados.
Murió escupiendo sangre, ahogada por el veneno y la quemadura de la plata, con la garganta hinchada como por una reacción alérgica, abrasándose desde dentro. Murió arañando sin fuerza ni objetivo el suelo a su alrededor, mi espalda desnuda y su propia carne, tratando de desgarrar su garganta para sacarse aquél fuego de dentro.
Murió mirándome a los ojos.
En el segundo anterior a su último suspiro, aquellos ojos perdieron su color dorado, salvaje, y se transformaron en ojos humanos, brillantes por las lágrimas y el dolor, los ojos de una mujer. Seguí sujetando su hocico con fuerza, ignorando a la persona que había bajo la bestia.
Después, el cuerpo cambió de nuevo. Su hocico escapó de mi presa, encogiéndose, convirtiéndose de nuevo en la boca hermosa y firme de una mujer. Mientras yo me apartaba, rodando a un lado, la licántropo perdió su forma casi animal y se convirtió de nuevo en un ser humano.

Todo mi cuerpo temblaba mientras arrastraba su cuerpo hasta la entrada del callejón, alejándome de la luz. No llegaba ningún sonido desde el fondo de la calleja, ni se veía ya la brasa de los cigarros. Recé porque los vagabundos estuviesen dormidos, aunque era difícil que me viesen, atrincherado tras el contenedor.
Mi siguiente paso fue el más desagradable. No podía dejar la medalla de mi cliente en el cadáver de la mujer, dado el riesgo de que la policía lo encontrase y, tal vez, vinculase el asesinato con María. Ninguna prueba forense demostraría que el cuerpo era el de un licántropo, y tampoco había ningún testimonio capaz de convencer a las autoridades. Para ellos, quedaría como un asesinato sin pruebas. Si es que yo las borraba adecuadamente.
En completo silencio, boqueando para respirar y tratando de no desmayarme de puro agotamiento, saqué la navaja de mi bota y rajé la garganta de la mujer con un corte longitudinal. Después, venciendo cualquier reparo que pudiera quedarme, introduje mi mano hasta dar con la medalla. La carne alrededor estaba hinchada y quemada, como si hubiera tragado carbones encendidos. Tuve que hacerme sitio con la navaja.
Mientras trabajaba, un dúo de ronquidos llegó desde el fondo del callejón. Bien. Los vagabundos dormían el sueño de los justos, o de los indefensos.
Tras recuperar la medalla me acerqué hasta ellos, dos bultos informes cubiertos por mantas viejas y sucias, tiesas como placas de pladur. El picante olor de la marihuana y las botellas de vino barato vacías junto a ellos explicaban su inconsciencia. Al menos ellos podían dormir sin sueños de sangre y lobos.
Cogí la gastada mochila que había junto a ellos y volví al contenedor de basura. En la mochila encontré lo que necesitaba; una camisa, vieja y sólo aproximadamente limpia, que me puse para tapar mis heridas y la sangre, mía y de la mujer, que me cubría. Había también un paquete de tabaco, gastado a medias, y varios mecheros.
Abrí el contenedor, sacando algunas bolsas de basura de su interior, y levanté el cadáver pese al grito furioso de mis costillas castigadas, depositándolo en el interior. Después, prendí fuego con el mechero a las bolsas que había sacado, dejándolas alrededor y encima del cuerpo. Supuse que el fuego y el olor dulzón de la carne humana quemándose alertarían a los vagabundos, pero no me importaba demasiado.
Después de todo, ni mis huellas ni mi ADN están en ningún fichero, es algo referente a la resurrección y la renovación que esto provoca. Algo técnico. Y dificultar la identificación del cuerpo a la policía me daría tiempo para llegar antes que ellos a la chica del bar.
Mientras el fuego crecía, llenando la noche de humo negro y maloliente, me alejé del callejón, deteniéndome sólo para encender uno de los cigarrillos robado a los indigentes.
Había acabado con la loba. Ahora, le tocaba a la zorra.

CAPÍTULO VI

No tengo nada contra las religiones, excepto su parecido con el orgasmo, ya que nos  muestran paraísos que no pueden convertir en eternos.
Alguien dijo que si das pescado a un hombre, comerá un día, y si le enseñas a pescar, comerá todos los días. Estos vendedores de eternidad han aprendido bien la lección, y saben que es mejor dar un pescadito que enseñar a pescar, puesto que así el hambriento volverá a postrarse ante el altar, como una foca amaestrada que realiza su pirueta a cambio de la sardina fresca. Después de todo, el negocio de las religiones es el mercadeo de almas, y esas valen mucho más de lo que cuestan unos pocos pescados regalados. Sería estúpido por su parte que dedicaran su dinero a animar la economía o crear empleo en vez de crear albergues que perpetúen la baja condición de los necesitados.
Así que, en fin, resulta lógico que mantengan abiertos esos centros de atención, esos cebos para desesperados, esos hospedajes de la miseria. Lógico y útil para alguien como yo.
Tras abandonar el lugar donde la mujer lobo ardía en su indigno crematorio de basuras, busqué uno de dichos albergues, uno que mantiene no sólo su función de comedor social y alojamiento, sino también un dispensario para atender a indigentes que no puedan acceder a la sanidad pública.
Acudir a un hospital en mi actual estado, indocumentado y recién salido de una pelea, habría provocado una inmediata llamada a la policía, y tal vez ni siquiera me atendiesen. En el dispensario de las monjitas, aunque acabasen llamando a las autoridades y tuviesen menos medios, al menos conseguiría atención básica. Era todo lo que necesitaba. Un par de vendas y algo que me mantuviese en pie pese al dolor.
No tenía intención de actuar como detective aquella noche. El tiempo del detective había pasado, y llegaba el momento del cazador.

Entré en el dispensario con la cabeza gacha, arrastrando los pies y fingiendo que me costaba respirar. Tampoco es que necesitase disimular mucho.
Una chica de bata blanca, pómulos altos y labios finos y apetitosos salió a recibirme, tenso su rostro por una súbita alarma. Supuse que mi aspecto era peor de lo que yo creía.
Sin perder tiempo en formularios o entrevistas, como habría ocurrido en la sanidad pública, me llevó hasta una camilla, me ayudó a sentarme y me preguntó qué me había ocurrido.
Le conté que había sido atacado por varios perros callejeros mientras dormía en el parque del Campo Grande, que había escapado a la carrera y que al hacerlo, caí al saltar la valla que limita el parque, golpeándome con fuerza en las costillas. La historia era más creíble que la verdad y ella, como cualquiera, había oído lo suficiente sobre las muertes de las prostitutas y la teoría policial de los perros, propagada por los medios de comunicación, para creérselo. Hablé además con acento tosco y vocabulario pueblerino, tratando de parecer un vagabundo sin formación. Y hasta tosí sangre un par de veces, por cuidar los detalles.
-¿Cómo se llama usted? –preguntó la chica mientras acercaba un carrito con el material necesario para las curas.
-Me llamo Isidro –dije-, Isidro Sánchez, hermana.
-No, no soy monja –bueno es saberlo, pensé mirando la suave curva de su cuello-, soy estudiante de medicina y trabajo aquí como voluntaria.
-Es usté buena gente, señorita.
-Quítese la camisa, Isidro.
Obedecí mientras ella se ponía los guantes y preparaba el material. Mi torso tenía más arañazos que el cabecero de la cama de una suite nupcial, y la sangre seca formaba costras que se mezclaban con la suciedad del contenedor. Ella me lavó con una esponja, su olor a leche de almendras inundando mis fosas nasales, limpiando de alguna manera todo el hedor a muerte que me llenaba antes. Resultó estimulante.
-No parece un indigente –comentó en voz baja-, está usted muy bien.
Alzó la vista, repentinamente ruborizada, al darse cuenta de lo que había dicho, y yo le ofrecí mi mejor sonrisa de medio lado.
-Muy bien alimentado, quiero decir –se corrigió. Estaba preciosa cuando se sonrojaba.
-El trabajo del campo hace la carne prieta, señorita –dije yo-. He estao siempre de pastor y en la labranza, hasta que el amo vendió las tierras pa meterse a constructor y me tuve que venir a la ciudad, pero aquí no he tenio mucha suerte.
Mientras hablábamos de lo mal que estaba todo y otras obviedades, ella limpió mis heridas, abrió un armario metálico que había en la pared del fondo, sacando una jeringuilla y dos ampollas, con las que quiso anestesiarme, a lo que me negué alegando que sufría una alergia, y me puso algunas grapas en vivo. Aguanté el dolor con estoicismo y cagándome un poco en todo, aceptando ese dolor como un estímulo más, como una forma de despertar y prepararme para lo que tenía que hacer después. No podía permitirme que nada embotase mis sentidos.
-Es usté buena gente, señorita –repetí mientras ella vendaba con fuerza mi torso apaleado-, ¿cómo se llama usté? Quiero recordarla en mis oraciones.
Sonrió con dulzura. Era una monada, aunque algo meapilas. Supuse que rezarle un padrenuestro le parecía recompensa suficiente por su trabajo.
-Me llamo Rosario. Rosario Delgado.
Rosario. Nombre de iglesia, voluntariado de iglesia. Seguro que había ido a un colegio de monjas y que rezaba arrepentida después de masturbarse. Seria por el dolor y la adrenalina, pero me fue fácil imaginarla masturbándose.
-¿Ha comido usted algo, Isidro? –dijo al terminar de vendarme- . Puedo traerle algo del comedor
-Ayer comí a mediodía, señorita. Pero nunca por mucho pan fue mal año...
Sacudió la cabeza con pesar.
-Descanse un poco aquí, y no se preocupe. Me acercaré al comedor y seguro que encuentro algo para usted. Un bocadillo al menos.
-Gracias, señorita –tragué saliva con ostentación, como si la perspectiva de comer me emocionase-, no quiero molestar más...
-Tonterías. Estamos aquí para ayudar, Isidro. Descanse, que yo vuelvo enseguida.
Me ayudó a tumbarme en la camilla, sujetando mi nuca y mi pecho mientras lo hacía. Bajo la bata, unos pechos firmes rozaron mi torso, y un mechón de su pelo suelto acarició mi mejilla. Evité mirarla a los ojos.
Se marchó, dejándome solo en el pequeño dispensario. Conté hasta diez antes de levantarme, sacar mi navaja de la bota y forzar la puerta del armario de las medicinas. Cogí unas cuantas ampollas del anestésico, un par de jeringuillas y unas cajas de Adderall, un medicamento que se utiliza para combatir la narcolepsia y como antidepresivo. Contenía anfetaminas suficientes como para mantenerme en pie lo que quedaba de noche, hasta que terminase mi trabajo.
A esa hora, aún madrugada prendida en el anzuelo del amanecer, no había nadie por la calle, ni más sonidos que la reverberación lejana de ciertas campanas, de ciertas tumbas, sonoras como ladridos sin perro que crece bajo el rocío prometido de un mañana que muchos no veremos.
Ella no vería ese amanecer, ni escucharía otro sonido que el de mi voz. Era lo necesario, sino lo justo.
Tragué unas cuantas píldoras de Adderall, empujándolas con un sorbo de agua en una fuente pública, y seguí camino, entre calles que destacaban en grafito y cuero repujado a medida que la droga iba acentuando mis sentidos.
Llegué a la esquina entre Gallegos y Libertad sin apenas jadear, ignorando la quemazón de mis costillas vapuleadas y el dolor de las grapas que se esforzaban en mantener unida mi carne. No era para tanto.
Por mucho que doliese, me dije recordando los dorados ojos de la licántropo, peor le iba a ir a la chica del bar.
Entré en el portal.

CAPÍTULO VII

Me detuve un par de minutos en el portal, llenando las jeringuillas con el contenido de las ampollas de anestésico. Mis manos temblaban, torpes como un cerdo patinando sobre hielo, pero un par de respiraciones profundas y unas pocas pastillas más fueron suficientes para centrarme en lo que tenía que hacer.
Subí las escaleras despacio, intentando no hacer ruido, zambulléndome a cada paso en el dolor dormido de mis costillas. La anfetamina hacía su efecto, y pese a la boca temblorosa, la sensación de ahogo y la rabia, me sentía fuerte y centrado.
Me detuve ante la puerta de la casa, conteniendo mis ganas de derribarla de una patada y entrar como un vendaval. Por lo que sabía, era muy posible que la chica del bar estuviese tras la puerta, armada y esperándome. Mi revolver había quedado allí, listo y cargado. Aunque ella no supiese nada de armas de fuego, un disparo con una .38 Special a corta distancia no necesita puntería para reventar a un hombre.
Escuché, la oreja pegada a la madera de la puerta, durante un par de minutos. Nada. Era de suponer que mi presa estuviese despierta, esperando el regreso de la licántropo, pero ningún sonido salía de la casa. Imaginé que ella estaría en la habitación del fondo, tal vez asomada a la ventana por la que yo había huido.
¿Me habría visto llegar desde esa ventana?¿Estaba yo tan despistado, tan drogado como para no haberme dado cuenta si así era?
Decidí pasar a la visión de segundo plano.

Ver en el segundo plano es algo lleno de ventajas, aunque no todo el mundo puede hacerlo. Yo aprendí tras mi resurrección, como aprendí muchas otras cosas sobre la realidad, de mano de mi mentor aunque no necesariamente amigo, un alemán llamado Eiszeit. Es algo que todos los despiertos y preternaturales pueden hacer, y también ciertos animales, como los gatos.
En ocasiones, un humano normal puede asomarse a esa visión, por alguna alteración emocional o la presencia de algún preternatural. Son esas ocasiones en que creéis ver una sombra justo en la periferia de vuestra visión, en que sentís un escalofrío inexplicable y una luz parece pestañear, tililar sin motivo. Son esas ocasiones en que creéis que nada extraño ocurre, y sin embargo las manos frías de otra realidad han rozado por un momento vuestra piel. Nada serio, a no ser que quieran algo de vosotros.
Al mirar en el segundo plano, las luces parecen acentuarse, y todo se cubre de una neblina brillante, molesta, pero las energías del otro lado quedan más claras, las auras se hacen visibles y el espectro se amplia enormemente.
Busqué en esa visión el aura de mi enemiga, tratando de localizarla, de situar su energía vital en la casa, hasta que me dolieron los ojos y empecé a marearme. No hubo resultados, más allá de un aura brillante, del color púrpura de las emociones fuertes –rabia, pasión, qué sé yo- que salía de la casa por cada rendija, sin que pudiera establecer un foco.
No había mucha más solución que entrar y arriesgarse. Así que saqué la navaja y forcé la puerta tan silenciosamente como pude. Después me quité las botas, cerré la puerta a mi espalda y las dejé en el suelo.
La casa era un muro de silencio difícil de franquear, una oscuridad que latía en auras solapadas, imposibles de interpretar. Avancé por el pasillo, con la navaja en la mano derecha y una jeringuilla en la izquierda. A los pocos pasos, mis pies chocaron con un bulto informe, que resultó ser mi camisa y mi chaqueta. Me agaché, recogí mi revolver, aún envuelto en la ropa, y seguí hacia la habitación llevando el arma en una mano, la navaja en la otra y la jeringuilla entre los dientes. Un hilo de baba escurría por la comisura de mis labios, y mi mandíbula temblaba como la de un velociraptor comiendo guindillas, pero mis manos no temblaban demasiado.
Al llegar al final del pasillo, vi a la mujer del bar. Estaba tumbada en la cama, quieta como un cadáver, inerte como un cadáver. Cadáver como un cadáver.
Lo supe al primer vistazo, porque la visión en el segundo plano permite ver las auras, y no había ninguna en torno a ella. Los cuerpos muertos son, en ese sentido, objetos inertes, como muebles o piedras, que no revelan nada más que el vacío del que ya forman parte. Bajé la persiana, impidiendo el paso de la luz de la luna, y encendí la lámpara del techo.
Yacía sobre el colchón, retorcida, amoratada y seca, aún desnuda, perdido todo su atractivo en un rictus forzado, toda ella ojos abiertos y manos crispadas.
-¿Qué has hecho, maldita mora? ¿En quién me vengo yo ahora? –murmuré sin pensar ni darme cuenta de la referencia.
Guardé jeringuilla, navaja y revolver y fui hasta la cocina. Me puse unos guantes de fregar que me quedaban pequeños y regresé al dormitorio.
Un rápido examen parecía indicar que no había heridas ni traumatismos causantes de la muerte. Piel azulada, boca abierta, hilos de saliva ya casi seca, todo indicaba que había muerto asfixiada, pero no había señales de estrangulamiento. Miré con atención sus labios y la piel alrededor, por si se notaba la presión de una mano o una almohada, pero tampoco había nada allí. Ni en el segundo plano ni en la visión normal.
Era como si se hubiese ahogado por algo que se tragó. Por algo atascado en su garganta. Estuve a punto de rajar su cuello y buscar en el interior, pero resultaba demasiado casual, demasiado raro, que ambas hubiesen muerto de la misma manera, casi al mismo tiempo. Había una explicación más irracional, más mágica, y por tanto más probable.
El registro de la casa me llevó un buen rato, o al menos así me lo pareció, aunque las drogas deformaban mi percepción del tiempo. Tras un falso fondo del armario había una pequeña estantería, con algunos botes conteniendo plantas secas, objetos varios y, lo que a mi me interesaba, un pequeño altar de bruja en el que una raíz de mandrágora, con su curiosa forma humanoide, yacía sobre un pañuelo de seda en el que había bordados varios símbolos cabalísticos, rodeada de hojas y flores varias, de ampollas de sangre que supuse pertenecía a las víctimas, y con varios mechones de pelo –humano y de lobo- atados a ella.
La raíz estaba rota, desgarrada por la mitad. El vínculo entre ambas mujeres, mucho más poderoso de lo que yo había supuesto, se había prolongado hasta más allá de la muerte de una de ellas, y el hechizo de ligazón que aquel altar representaba provocó la muerte de la chica del bar cuando yo acabé con la mujer lobo.
Para la chica del bar habría sido una buena forma de prolongar su propia vida más allá de lo natural, protegida y ligada a la inmortal fuerza de la licántropo. Hasta que llegué yo, claro.
Me pregunté por un momento que habría pensado don Ramón de aquél retablo de avaricia, lujuria y muerte, y después busqué una bolsa para llevarme todo aquello. Algunas cosas podrían serme útiles en el futuro, y el resto, empezando por el altar de bruja, debía ser destruido.
Limpié todos los lugares donde pudiera haber dejado huellas, incluyendo el cuerpo de la mujer, que lavé con lejía en la bañera y dejé allí, sumergido como si se hubiera ahogado, aunque sabía que no iba a engañar a ningún forense competente, y abandoné la casa llevándome todo lo que había dejado en mi primera visita, además de lo que las brujas guardaban en su estante.
Aún desorientado por el dolor, las drogas que ensuciaban mi sangre y la falta de sueño, dejé atrás la calle con mi mochila llena de objetos raros y respuestas aún más raras.
Había solucionado el caso, había acabado con  la mujer lobo y, de paso, con la bruja. Las Gretel de Valladolid ya podían caminar tranquilas, y doña María podría tal vez olvidar su rabia y vivir una pena más tranquila, más humana.
Sin embargo, para la chica del bar y la licántropo la historia había acabado. Su historia de amor, de lujuria, de búsqueda egoísta de la eternidad, de lo que fuese, se terminaba allí, ahogada en plata y rabia.
No podía acusarlas por buscar la inmortalidad, aún en la forma monstruosa en que lo habían hecho, no podía juzgar el deseo de permanencia de aquellas criaturas, pues es un deseo humano, el de vivir, el de prevalecer, que todos alentamos en nuestro interior, que forma parte de nuestra naturaleza como forma parte de la naturaleza del lobo el éxtasis de la caza. La diferencia es que ellas habían encontrado la manera de hacerlo. Y que esa manera exigía la sangre de otros.
Pensé entonces, mientras recorría las calles abandonadas por la luna que el sol empezaba a pintar de colores, que había callado el tañido de las campanas, que mi mundo volvía  a ser el de los barrenderos perezosos y los currantes madrugadores que me cruzaba a aquellas horas tempranas, el de los camareros que abren pronto, sin más magia que la pócima oscura de un café recién hecho. No más brujas por ahora, gracias.
Mientras entraba en mi pensión y pedía en la barra un café con churros, me permití una sonrisa. El caso estaba cerrado. 

Por: J D Martín Bartolomé


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CONOCE EL RELATO QUE DIO TITULO A LA PUBLICACIÓN DEL I PREMIO CRUCE DE CAMINOS DE RELATO NEGROCRIMINAL