LAVANDERA

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LAVANDERA


Está sentada en una banca, diminuta. De la falda de flores se asoman, colgando, los pies. Todo en ella es pequeño, menos las manos. Éstas tienen la piel gruesa y dura de lavar sin descanso, los nudillos grandes y las venas brotadas. El cansancio acentúa la curva de su espalda, pero su cara, llena de arrugas, se ve tranquila.

Cada vez le cuesta más quitar las manchas, estregar y escurrir la ropa, porque le duelen las manos. Pero estas cosas hacen parte de su vida y ella no espera que cambien. Mientras enjabona, frota, enjuaga y repite, observa la espuma que juega sobre las telas, deslizándose tranquila, y que finalmente se va por el desagüe.

Así, paciente y resignada, espera el día en que la muerte le arrebate el jabón de sus manos marchitas.

Por: Sofia Cardona

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