La conciencia del silicio

15:00 Letra Sucia 4 Comments

La conciencia del silicio

-Hoy es el gran día, mi amor-sonrió la mujer, llenando la taza de café por segunda vez.
-Gracias, cielo- él tomó un sorbo mientras se anudaba la corbata.- Sí, un gran día. Hoy, doce de marzo del dos mil doce, es el día.
La mujer se sentó junto a él, acariciando su mano, compartiendo su emoción.
-Hoy, por primera vez, - continuó el hombre- un nanorobot operará un tumor cerebral.
-¿Crees que Wally tendrá éxito?
Él asintió.

Wally era un nanorobot de última generación, una maravilla tecnológica del espesor de un cabello y una longitud de un cuarto de milímetro. Estaba fabricado en silicio. O mejor dicho, en una aleación de silicio y merdio, un material más ligero que el aire y más duro que el diamante. Su batería se recargaba al contacto con campos electro magnéticos, ya fuesen los generados por un enchufe domestico, un ordenador… o un cerebro humano.
Dada la durabilidad del material y su capacidad de renovación energética, Wally era casi inmortal. O, en términos más apropiados, “un activo de autonomía temporal no limitada”
Tenía un disco duro de dos mil gigas. Por supuesto, ni era disco ni era duro, sino una unidad de almacenaje y procesamiento fotoeléctrico, donde millones de destellos traducidos en información eran generados en un nanosegundo, pero llamarlo disco duro era una buena forma de entenderse.
Sus células de almacenaje de datos contenían información completa sobre anatomía humana a nivel celular, todas (o casi) las patologías y procesos naturales que afectan al hombre, y sus tratamientos.
Wally costaba ochocientos millones de euros.
En sus “ratos libres”, como les llamaba el equipo medico, Wally descansaba en una cápsula de plexiglás, sumergido en una solución liquida estéril.
Mediante un sistema de infrarrojos, Wally podía permanecer conectado a Internet, asimilando los últimos avances médicos o siguiendo operaciones en tiempo real, aprendiendo constantemente de la mayor base de datos del mundo.

-¿Y por qué le llamáis “Wally”?- preguntó ella, mientras él buscaba las llaves del coche.
Parecía mentira, un genio de la medicina como el, candidato tres veces al Nóbel, y no sabía donde ponía las llaves.
-Una broma de los chicos-explicó él.- Es difícil de ver, como el personaje de “¿Dónde está Wally?”. Ya sabes, el tipo de gafas y  jersey a rayas que se escondía en aquellos dibujos absurdos. Tenías que buscarle por el zoo, por el parque… nuestro Wally es así.

Una aguja hipodérmica extrajo a Wally de su cápsula. El técnico dirigió un brazo robotizado, con la jeringuilla en su extremo, hasta situarlo en la vía abierta en el brazo del paciente. Inyectó a Wally en la corriente sanguínea del hombre, y doce pares de ojos ansiosos siguieron el recorrido de Wally por las pantallas de los ordenadores. El nanobot  avanzó por las arterias del paciente, dejándose llevar por el poderoso impulso de los latidos. Hubo un momento de tensión crítica, de miedo contenido, cuando los anticuerpos del hombre, enviados por su sistema inmunológico, se acercaron a Wally, confundiéndole, tal vez, con un vulgar virus de la gripe. Dos microsegundos después, Wally había variado el campo electromagnético de su caparazón externo, haciendo creer a los ingenuos anticuerpos que era, en realidad, un grupo de moléculas de adenosín trifosfato, algo perfectamente aceptable para ellos.
El equipo médico soltó el aire que sin darse cuenta habían contenido. Prueba superada. Wally estaba a punto de llegar al cerebro del paciente.

Ella miró a su hombre a los ojos. Le conocía  desde veinte años antes, y podía percibir cada sutil cambio de humor en él, igual que una flor puede percibir los rayos de sol y abrirse para recibirlos.
-Y entonces, ¿qué es lo que te preocupa?- preguntó alargándole las llaves perdidas.
El sonrió al cogerlas, y beso las puntas de sus dedos.
Después suspiró, inseguro.
-No sé… cada vez que miro a Wally a través del microscopio… - sonrió, aún más inseguro.- Sé que las luces de su frontal solo son sensores bioquímicos, pero parecen…Bueno, a veces parecen ojos inquisitivos, curiosos. Como si Wally se preguntara cosas. Es absurdo.
- Absurdo- corroboró ella.- Deberías dejar de leer a Asimov.
El rió.

Dentro del encéfalo hay una pequeña estructura con forma de almendra, llamada amígdala. Esta estructura se especializa en traducir en acción defensiva o evasiva los estímulos de peligro. La percepción normal de peligro, en el ochenta y tres por ciento de los casos, vendría dada por la vista. Algo, tal vez sólo el instinto que cubre el otro diecisiete por ciento, disparó todas las alarmas cuando Wally entró en la fina red de capilares que riegan el cerebro.
Wally llegó al hipocampo, donde los recuerdos relativos a la memoria a largo plazo se consolidan, almacenándose como libros en una biblioteca. Además, el hipocampo contiene datos emotivos necesarios en la toma de decisiones. Por ejemplo, si un niño de tres años sufre una mordedura de perro, es muy probable que el recuerdo del hecho se borre, pero el hipocampo actuará alejando a ese niño de los perros en el futuro.
En la parte externa del hipocampo del enfermo se desarrollaba un tumor del tamaño de una nuez.

El doctor caminó hasta su coche, mientras ella, abrazando su cintura, le miraba con preocupación creciente.
-¿Crees de verdad que Wally puede aprender?
-Sí- dijo él.- Parece ciencia-ficción. Creo que puede aprender. Y si puede aprender, puede adquirir conciencia de si mismo. Y desear.
Llegaron junto al coche. Él jugueteó con el mando que abría la puerta. Ella le besó en la mejilla, sonriendo aún.
-¿Y qué podría desear él? - preguntó.
-¿Qué desearías tú si fueses un avanzadísimo ingenio médico, cuya única fuente de aprendizaje es el ser humano? ¿si tu único ejemplo a seguir, tu único baremo de lo que es bueno y malo, fuese el hombre?
Ella se abrazó, sintiendo un escalofrío repentino.
-Supongo que querría ser humano.
Él asintió.
-Aunque de todas formas no importa –aseguró, con cierta tristeza en la voz.


Wally cambió de nuevo su campo electromagnético variando la configuración de sus electrones para aparecer como una proteína. Así logró adherirse a la membrana externa de una neurona, recargando su batería con la energía del cerebro. Una fina varilla- invisible a la mayoría de los microscopios- surgió de su pantalla frontal.
Rastreó las células enfermas, diferentes a las sanas en su configuración atómica, densidad y campo, y disparó su láser durante noventa y tres minutos destruyendo todas y cada una de las células mutadas.
Fuera, el equipo médico aplaudía y rugía entusiasmado.
Durante los noventa y tres minutos – más siete segundos y dos décimas- que tardó en deshacer el tumor, Wally escaneó la estructura cerebral del paciente, buscó las conexiones neuronales de su hipocampo con la llamada “conciencia” del paciente y decidió cuáles debía sustituir, cuáles eliminar y cuáles variar.
Mientras el equipo médico descorchaba champán y se palmeaba la espalda, Wally descartó todo rastro de la mente el paciente, conectando sus conocimientos empíricos con las funciones cognitivas del humano y con sus recuerdos, aprovechando el historial de aprendizaje del paciente para sí mismo. De pronto, Wally tomó conciencia de sí mismo, no como traducción de un código matricial, sino como sensación del propio yo y del entorno; sintió cada célula y músculo, la agradable atmósfera del laboratorio y la leve presión de las correas que sujetaban el cuerpo, su cuerpo, a la camilla.
Las células fotosensibles de Wally relampaguearon y el rostro del paciente sonrió porque Wally ya era humano. Su primera prueba, la de enviar impulsos controlados a las decenas de músculos del rostro implicados en la sonrisa, fue un éxito. Wally era humano. Abrió los ojos, alzó la cabeza y vio a los médicos que se acercaban, sonriendo. Y, tras ellos, a cuatro hombres uniformados. Los reconoció gracias a la base de datos llamada Internet. Eran policías.

Ella le observó, mientras él subía al coche y arrancaba el motor.
-¿Por qué dices que no importa? – Preguntó
-No importa. Ni siquiera importa que le salvemos o no.
-No te entiendo, amor.
El suspiró otra vez, encogiéndose de hombros.

-Si nos permiten realizar este experimento con un humano, es porque ese hombre está condenado a muerte. Aunque le salvemos, aunque curemos el tumor, cuatro policías se le llevaran a la cárcel de nuevo. Y, pasado mañana, le ejecutarán en la silla eléctrica.

Por: 
J D Martín Bartolomé



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4 comentarios:

  1. Wow! :O Tendremos en cuenta al autor. Un saludo!

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    1. Gracias por compartir con nosotros y tomarte el tiempo de comentar. Es muy importante para nosotros saber sus opiniones e interactuar con ustedes.

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  2. Hola, muy interesante escrito, me pasaré después a ver los libros del autor y aver que tal y darle la oportunidad,te mando un saludo y me quedo por aqui.
    Te sigo ya, desde;

    http://irresistibleleer.blogspot.mx

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