Fragmento de Estoy mucho mejor - David Foenkinos. Editorial Seix Barral. Paginas 25 - 27.

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Fragmento de Estoy mucho mejor - David Foenkinos. Editorial Seix Barral. Paginas 25 - 27

Hacía más de diez años que trabajaba en Max Bacon uno de los estudios de arquitectura más relevantes. Yo me ocupaba de la parte presupuestaria de los proyectos, lo cual no me impedía tener una opinión sensible, por no decir artística, sobre los mismos. Aunque mi trabajo no era lo que podríamos decir palpitante, pese a todo le había cogido cierto cariño a esa vida pautada por informes y balances. Había entrevisto incluso la posible sensualidad de los números. Me gustaba dar un enfoque afectivo incluso a las cosas anodinas, como los muebles de mi despacho. Por mi armario sentía por ejemplo algo parecido a la ternura, pues chirriaba de manera conmovedora. Era la vertiente mobiliaria del síndrome de Estocolmo.

De la misma manera que hay quien desarrolla sentimientos amorosos por su verdugo durante su cautiverio, a mí me producía cierto bienestar moverme en el mundo anestesiado de la vida empresarial. Había pasado años fantásticos en esa estreches sin alma, y me entristecía tener que arruinar esa felicidad por la tontería de la maldita competitividad. Pero así eran las cosas, el mundo había cambiado: había que ser eficaz, había que ser productivo, había que ser rentable. Había que esforzarse en afrontar todo cuanto le exigían a uno. Ya oíamos llamar a nuestra puerta a la nueva generación que el paro había vuelto hambrienta, y a la que las nuevas tecnologías habían robotizado. Todo eso me generaba mucho estrés. La época en la que se quedaba los viernes por la noche en casa de unos y otros para tomarse una copa parecía muy lejana. Ahora imperaba la desconfianza. Tener una relación de amistad casi podía resultar sospechoso. Tras años de despreocupación, la vida de empresa se asemejaba a un país ocupado por el enemigo, y yo no sabía si debía colaborar con él, o pasarme a la resistencia.

Al llegar al trabajo esa mañana me precipité al ascensor para subir a la séptima planta, donde se celebraba la reunión. Durante la elevación, aproveche para echarme un vistazo. Había un gran espejo que permitía peinarse, ajustarse el nudo de la corbata o los pliegues de la falda. Constaté de nuevo que la expresión de mi cara era patética, pero no era ese el detalle más importante. Me llamó atención algo mucho más sorprendente: una gota de sudor. Era la primera vez que el sudor se manifestaba así en mí, sin la más mínima relación con el esfuerzo físico. Observé un breve instante esa perla en mi sien antes de enjugármela. Nada más salir del ascensor me topé con Gaillard:

- Ah, ya estás aquí. Menos mal que los japoneses también llegan tarde, no te has perdido de nada.

- Ah que bien…

- ¿Qué tal te encuentras? Porque estabas en urgencias, ¿no?

- -Sí, sí, pero estoy bien gracias. Era una falsa alarma.

- Perfecto, no es momento de dejarnos tirados. ¡Te necesitamos, tío!

- Pronunció esta última frase a la vez que me daba palmaditas en la espalda. Parecíamos amigos de toda la vida, y su inquietud era a todas luces sincera. Por un instante me dije que quizá hubiera exagerado nuestra rivalidad.

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