El arte del tiempo

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El arte del tiempo

El tiempo que habitamos dentro de nosotros mismos es en muchos sentidos incompresible. Y esto quizás se explica porque en el interior de nuestros cuerpos el tiempo es más denso, está más lleno. Es un tiempo donde difícilmente una única cosa o pensamiento ocupa un lugar exclusivo. Es decir, cada momento que transcurre en la vida que compartimos con nuestro entorno, nuestros amigos, nuestra familia; aquella vida en la que buscamos materializar nuestras metas, en la que estudiamos, comemos, montamos en el metro, trabajamos… Cada momento de esa vida, se mide en un reloj muy diferente al que mide nuestros pensamientos.


Ya se ha vuelto costumbre en mi vida, en mis relaciones y en este blog, que aflore cada tanto un tema que ha rodeado la mayoría de aspectos definitorios de quién soy y que hago. El arte, como bien lo digo cada que la ocasión lo amerita, es una oportunidad intermitente en la cual podemos hacer casi cualquier cosa por inimaginable que parezca, a cambio de exponer nuestros más íntimos detalles. 

Pero en el juego del arte y en este discurso, los elementos tienden infinitamente a lo intangible, haciendo el pozo más profundo y la conversación más extensa. Es aquí donde entendemos que si bien el arte puede surgir de cualquier cosa, no cualquiera con un lápiz o un pincel o un piano, puede ser un artista. Con el arte, siempre llegan en la misma caja todas sus condiciones, sus reglas, sus sombras, sus grises; sus voces fugaces diciéndonos al oído: el arte no es solo el gozo de exorcizar y sanar. Sino más bien un juramento. Un matrimonio. Y que el artista debe ser algo así como un monje. Un ser capaz de renunciar; un temerario, aunque sea consciente de que el miedo será el tintero donde moje la pluma antes de escribir cada palabra.

Un buen artista entonces, a mi parecer, debe saber cuándo está demasiado cómodo, porque en ese instante debe ser él mismo quien empaque sus cosas y se mueva. Y debe ser aquel capaz de hurgar en sí mismo con la intensidad de un gato curioso. De abrir esa puerta con la perilla floja y entrar a ese cuarto. Al cuarto oscuro, empolvado y frío donde se archiva nuestra intimidad. Pero es ahí, en ese lugar donde somos más vulnerables. Estando ahí lo más cerca que podemos de nuestro inconsciente, nos damos cuenta que así como percibimos de otra forma el tiempo en el interior de nuestra mente; sentimos, amamos, recordamos, sufrimos, cicatrizamos, creemos, anhelamos, extrañamos y vivimos de una manera completamente distinta a como lo hacemos de la piel hacia afuera. Esa relatividad la vivimos a diario en cada aspecto cotidiano de nuestra existencia y esto explica como muchas personas, incluso muchos artistas, ven en el arte una carga insufrible. 

En aquella habitación, el más insulso recuerdo traído a conciencia mientras abrimos el carro al final de un día de trabajo, justo después de comprar la leche en el mercadito camino a casa; por efímero que parezca, en el interior de ese cuarto de paredes húmedas y manchadas, puede ser una terrible maraña de emociones y razonamientos etéreos, sumados a mil realidades alternativas que imaginamos. Pero en la necesidad de crear, buscar en aquel cuarto no es negociable si se quiere lograr algo autentico. Esa es la letra pequeña del contrato. Porque el arte, como toda medicina eficaz tiene sus riesgos y sus efectos adversos. En el acto de cauterizar nuestras heridas, de suturar nuestros vacíos y de lavar nuestras inquietudes; mientras buscamos en los cajones del archivador de nuestra memoria, a veces abrimos paquetes sellados y nunca logramos dejar el empaque como estaba originalmente. Entonces es cuando la herida que intentábamos sanar se infecta, crece, arde, supura y daña todos los tejidos alrededor. En ese ingenuo intento por remediar lo que parecía inocuo, muchos terminan amputados. 

Lo que ocurre al interior de esas cuatro paredes, es tan místico como sombrío. Ya dije que emprender ese aventurado viaje tiene sus riesgos. Se de muchos artistas, de hecho, que en sus procesos creativos se han quedado sentados en una esquina de ese cuarto de sus memorias y jamás han regresado. Quizás su perilla se rompió y quedaron allí atrapados para siempre. O quizás en el Dalí de sus mentes solo han pasado un par de horas y en cualquier momento saldrán campantes de sus cabezas, se mirarán al espejo 20 años más viejos. Prepararan el café y pintarán la obra cumbre del siglo XXI. Es por esto que siempre he pensado que a ese cuarto no se debe ir nunca solo. Ese es el motivo de la intermitencia de mi trabajo.

La pregunta es ¿quién está a la altura de sostenernos la linterna mientras entramos temerosos en la boca del lobo y nos sumimos en la intensidad y sordidez de nuestra propia cabeza? Solo existe una entidad en quien yo confío a la hora de aventurarme a sacudir las sabanas de mi propia imaginación, tratando de no asfixiarme en el polvero de mis pensamientos. Esta silueta femenina, delicada y añeja; que aunque lejana es honesta y sobre todo imparcial; siempre está dispuesta a mostrarme el dedo medio y decirme: Pobre hijueputa. Esta mujer de tacón negro de charol, enterizo verde oliva hecho de seda y labial Politely Pink de Mac, que se sienta al pie de mi cama y se lima las uñas mientras me cuenta su día, se llama inspiración. Si, inspiración… Ya sé, esto suena a cliché. Pero no hay otra forma de decirle. Igual a lo que pasa con dios: Para quienes creen en él, llámenle dios, todo poderoso, energía, fuerza superior, etc. Dígase como se le diga, no deja de ser lo mismo. Pero a fin de cuentas no es de la inspiración de quien quiero hablar hoy. De hecho estamos peleados y si este discurso no vale la pena, me tomo la libertad de culparla.

Honestamente, de todos los rasgos humanos que puedo imaginarme en este momento, el más valioso es uno cuyo adjetivo no conozco, pero hace referencia a una necesidad específica y es la necesidad de contar. Esta sensación visceral, es tan natural como el hambre. Pero su función va más allá de nutrir nuestros cuerpos. Esta necesidad, es el impulso que mantiene el equilibrio de la humanidad, obligándonos a opinar y a oponernos abiertamente a las ideologías de otros, cuando sentimos que las nuestras son trasgredidas. Nos permite hablar de nuestros pensamientos, de nuestras ideas, de nuestras situaciones, de quienes somos y quienes queremos ser. Esta necesidad ha escrito el mundo en que vivimos; y no solo de una manera descriptiva. Eso que nos hace hablar de nosotros mismos, es el antecedente de todas las ideologías en la historia. De hecho, bajo este principio, se mueven todas las cosas exitosas del mundo moderno. Una persona comparte una construcción de su mente, esta construcción es bien recibida por un mínimo grupo de personas. Estas personas encuentran valiosa dicha construcción; la adaptan a sus propias construcciones mentales, la comparten y es así como esta se propaga como una peste.

Los escritores de best sellers entienden este principio. Y no digo que esta sea la fórmula del éxito y mucho menos del arte. Lo que afirmo con una certeza casi absoluta es: Los seres humanos estamos tan familiarizados y tan atados al lenguaje, que la necesidad de manifestarnos a través de él, es algo con lo que todos nos sentimos identificados. A lo mejor, por esto los youtubers, cuyo contenido carece de profundidad y valga la redundancia de contenido; se están haciendo más famosos que los mismos escritores. A lo mejor, nuestra sociedad depende más del narrar que del crear; o a lo mejor estamos hablando de lo mismo. Todos hemos oído esa expresión “si lo dices lo creas”.

A fin de cuentas, la cuestión, adunda más en el olvido. O al menos así pareciera en la intimidad de mi cuarto. El material, en el que duermo todas las noches. Y para ser sincero, en el de mi cabeza creo que también. De cualquier forma, siento que todos los artistas estamos un poco rotos, o que el sistema social no fue tan efectivo en nuestra formación, como lo fue en los demás y que ese fenómeno que nos permite aceptar el nacer, crecer, reproducirse y morir, no funciona del todo bien para nosotros. Estamos tan abrumados con la idea de sentirnos olvidados y vemos en el olvido un espectro demoníaco de oscuridad y abandono tan aterrador, que necesitamos plasmarnos en lo que sea, como sea y cueste lo que nos cueste. La única razón que encuentro valedera para crear, se resume a una búsqueda desesperada y egoísta de encadenar un pedacito de nuestra esencia humana, frágil y defectuosa en aquello que hemos construido con nuestro sentir. Así, a lo mejor no nos damos cuenta que estamos caminando incesantemente y sin escapatoria hacia la tumba. Toda esa vanidad, esa sed de aprobación. La inseguridad de nuestro trabajo… todo eso, no es más que el temor latente de vivir en carne propia lo que el mundo nos depara a todos a la larga. El olvido.

El sentirme tan identificado con ese miedo ridículo y un poquito misántropo, es la única cosa por la que me atrevo descaradamente a llamarme artista, sin siquiera disculparme con quienes verdaderamente lo son. Leía alguna vez una frase con la que no me he vuelto a cruzar y cuyo autor tristemente no conozco, que decía algo como: El arte es un llamado que muchos atienden, pero para el que muy pocos son llamados. Nada más cierto. Pero ¿qué sería de la música y de la literatura, y del mundo y de la sensación de atragantarse, si no nos atreviéramos conchudamente a autoproclamarnos artistas? 

Empieza un nuevo mes. Es hora de escribir, de filtrar, de criticar, de escuchar, de cantar con la boca llena de humo, mientras defino todo un contenido esperando que la gente lo apruebe. Que no me pinchen el globo del ego que tanto me esfuerzo en inflar rayando las hojas, jugando al artista.

Por: Samuel Herrera Rodríguez.

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