La desnudez

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"En realidad, todo es idea y todo es símbolo.
Así, las formas y las actitudes de un ser humano
necesariamente revelan las emociones de su alma.
Y, para quien sabe ver, la desnudez
ofrece la significación más rica."

Auguste Rodin.


¿Qué tiene la desnudez que nos amedrenta tanto? Nos confunde, nos cohibe, nos llena de prejuicios que a su vez buscamos rechazarlos con infinidad de transgresiones. A veces la censuramos, le tememos, la disfrazamos, nos ahogamos entre miles y miles de capas de seda, algodón, cuero, buscando como cubrir nuestros cuerpos impolutos como si él simple hecho de exponerlos nos convirtiera en pecadores, condenados a sumirnos en la vorágine de sensaciones producidas por el regocijo de la lujuria al poseernos, como si fuéramos incapaces de ver más allá de la figura del erotismo y de sucumbir ante los mejores deseos y placeres imaginados, colocándonos a merced de los dioses, siguiendo el ejemplo de Eros y Afrodita disponiéndonos a disfrutar de los excesos dionisiacos del gozo del cuerpo, llevándonos a un derroche de hedonismo. Esa desnudez que a veces anhelamos y otras veces no toleramos.

¿De donde nace ese temor infundado a mostrar nuestra cuerpo sin revestimientos? ¿De los prejuicios ante la debilidad de la mente para controlar los impulsos sexuales sobre nuestro cuerpo?Somos más que el recipiente de un alma e instrumentos para dar placer y obtenerlo, somos formas complejas para admirar, curvas para apreciar. Somos deseo, gozo, pero también vida, sueños, ideales. Somos todo aquello que tememos admitir para evitar los abismos, para rendirnos ante la fragilidad, para encerrarnos antes de mostrar mucho de sí. Tememos a la desnudez más allá de los prejuicios, precisamente porque ella connota fragilidad, transparencia, porque el cuerpo desnudo, al descubierto, representa ese lenguaje con el cual nos comunicamos pero no permitimos a todos entendernos, mirarnos, tocarnos, hablarnos. 

La desnudez representa esa dualidad en la que se ve inmersa el ser humano, estamos tan vivos tan sedientos por darnos a conocer ante el otro, tan seguros, tan expresivos, tan libres, tan llenos de mensajes, ilusiones, deseos, pero a su vez tan frágiles, tan temerosos, tan marchitos, tan decadentes, como ese cuerpo que se desgasta, entorpece y envejece con el pasar de los años hasta desaparecer.

Y así, me encuentro aquí de pie en el mirador de lo alto de un edificio, dejándome embelesar por la ciudad de Praga con sus iridiscentes luces bañando cada calle, como el escenario perfecto para ambientar esas cavilaciones que me llevan a un viaje retrospectivo por las memorias que guardo en lo más recóndito de mi mente, obtenidas hace apenas dos años, pero que ahora parecen tan eternos. Es extraño como en determinado periodo la vida da un giro y te hace creer que has vivido días enteros siendo alguien más, o por el contrario, que antes no habías vivido nada y ahora al ser alguien nuevo, más abierto al mundo, a las experiencias, dejando de lado tantos prejuicios y el temor a ser constantemente juzgados, sientes ese tiempo corto para todas las experiencias vividas durante el.

Siento la cálida brisa nocturna colándose entre el tejido de seda que cubre solo parte de mis hombros y mi pecho, este cae majestuosamente en ondas hasta el suelo de hormigón, bailando con las corrientes de aire al compás del tic tac del reloj, tocando ligeramente la parte posterior de mis piernas. Estoy prácticamente desprovista de casi toda indumentaria, sintiendo la desnudez de mi cuerpo en un lugar totalmente distinto a los habituales donde este es mostrado, me pregunto por este cuerpo, mi cuerpo, ¿cuál de todos los esquemas representa hoy? El de la mujer llena de deseo, dispuesta a abandonarse en los brazos de la lujuria, o aquella llena de ideales, dispuesta a expresarlos mediante su cuerpo, aquella cuyos sueños se marchitaban y decidió librarse de todo prejuicio moral y mostrarse como llegó al mundo, desprovista de cualquier artificio que cubriera o adornará el desnudo lienzo que podría ser su cuerpo, esa que decidió seguir esos ideales que conjugaban crítica, expresión y arte, que alguna vez parecieron tan utópicos y ahora son tan palpables, tangibles, como si pudiera abrazar sus sueños y perderse en ellos, usando como instrumento, su desnuda corporalidad.

Todo esto me lleva a recordar esa primera vez que me perdí durante horas en una superficie de cristal, mientras miraba mi reflejo desnudo en ella luego de dejar atrás esa inocencia de la niñez abarrotando mi mente de miles de dudas existenciales. Y es que una cosa es seguir tácitamente las normas sociales que impiden desnudarse en público, seguir esa dinámica social donde llevamos indumentaria no sólo para protegernos de la inclemencia del clima, sino también para proteger nuestra moral, demostrar nuestros "buenos" principios puesto que el cuerpo expuesto ha sido condenado como un acto ilícito. Y otra muy distinta, es desnudar nuestro cuerpo en privado, permitiendo que alguien más nos vea sin esa armadura o esos artificios, pero va más allá de simplemente un acto de desnudez, es quitarse esa coraza que protege la fragilidad provocada por vernos expuestos y entregarnos a alguien más, sea por placer o por un sentimiento más profundo.

Después de un largo periodo frente al espejo, salí frente a aquella persona preguntándome qué nos desinhibía realmente. En mi caso, claramente se trataba de la confianza que sentía ante el, como para permitirle verme completamente desnuda. Hacía mucho tiempo le conocía así que cuando empezamos a salir ya había un lazo de confianza que nos unía y permitía entendernos mejor, sin embargo, aún así, éramos dos seres que creían confiar mucho en el otro, pero allí estaban, de pie uno frente al otro en medio de la oscuridad, con la cabeza gacha a pesar de la curiosidad que sentían, lanzando de refilón tímidas miradas hacia el cuerpo del otro, cada uno con las manos cubriendo su sexo como si fuera algo prohibido o no supieran lo que venía a continuación, negándose al placer de recorrer con la mirada, las manos, los labios, cada centímetro de la piel del otro. Ahogándose en el deseo y la lujuria pero ocultándose tras el velo de la vergüenza. Era eso.

¿Qué llevaba a dos personas que confiaban el uno en el otro a no mostrar con libertad su desnudez? Era algo tan simple como el temor a una respuesta negativa. El devastador miedo a la crítica instalado como un chip en el cerebro de cada uno simplemente por no tener un cuerpo que encajara perfectamente en el estereotipo social actual, en ese ridículo ideal estético de belleza donde las medidas proclaman qué tan magnífico y digno es el cuerpo del otro para ser desvelado, principalmente para el deleite.

Ahora que lo pienso, nunca nos preparamos para ese momento porque son simplemente cosas que muchas veces suceden sin planear. Era consciente de mis inseguridades, pero no que tanto hombres como mujeres las sintieran por igual. Siempre había creído que el estereotipo de belleza ideal en el cual nos encasillan según los parámetros culturales, afectaba de una manera desmedida a las mujeres volviéndolas un puñado de inseguridades al no cumplir tales requisitos estéticos y aún más cuando estos eran vendidos precisamente para el deleite masculino. El mundo del modelaje, las revistas y películas pornográficas, la publicidad, lo dejaban totalmente claro. Sin embargo, esa noche descubrí que aquellos criterios afectaban claramente tanto a hombres como mujeres.

Allí, esa noche, ambos desnudos temíamos a la crítica del otro por las inseguridades sentidas respecto a nuestro cuerpo.

Con el uso y el abuso de los placeres, rindiéndonos ante ellos, la costumbre, el deseo, el tiempo transcurrido desde la primera vez que vimos al otro sin vestiduras, fue mucho más fácil acostumbrarse no sólo a la desnudez propia sino a sentir la desnudez del otro. Era mucho lo que quedaba al descubierto. Deseos, fantasías, cicatrices, secretos, sueños, anhelos, miedos, un sinnúmero de inseguridades, que con el transcurrir de los días y los encuentros, fueron quedando en el olvido.

Pero como todo en la vida tiene un final, todas aquellas historias de amantes secretos culminan, y a pesar de lo vivido, de la plenitud sentida al rozar tu piel con la de esa persona, la vida obliga a seguir adelante así sintiéramos como si hubieran cortado nuestras alas o parte de nuestra esencia hubiera sido consumida, puesto que después de desnudar tanto ante alguien, llega un punto donde el límite de quién eres tú y quién es la otra persona, se vuelve bastante difuso.

Aunque este tipo de desprendimientos son dolorosos me vi forzada a continuar con mi vida, el mundo no se detiene para quienes tienen roto el corazón, se detiene más fácil para ver el "espectáculo" de alguien que esta desnudo en un lugar público, sea para el morbo, la crítica o el deleite. 

Por alguna razón de la vida, a pesar de mi alma ser sumamente artística terminé estudiando antropología.

Era realmente fascinante adentrarse en el contexto que exponía dicha ciencia, y aun más, cuando me enfoqué en la antropología social, analizando no sólo el estudio antropomórfico del hombre con el entorno, sino también el desarrollo social de este. Sin embargo me vi inclinada a tomar como optativa historia del arte, un complemento perfecto, enfocándome en el desarrollo social del hombre desde la perspectiva de las representaciones artísticas, dando a mi alma un poco de sosiego por traicionar su deseo más ferviente de ser artista. 

Allí, conocí a Alessandro, italiano él, la descripción física sobra, la trascendencia de su persona recaía en el compendio de complejidades pero a su vez libertades que confluían en la mente, el alma de un solo ser. Amante de Caravaggio, Botticelli y por supuesto Miguel Ángel, nos llevó a un recorrido por la historia del arte desde la perspectiva del significado de la desnudez desde la prehistoria con su practicidad e ingenio, tocando el antiguo Egipto con sus concepciones espirituales, pasando por la Grecia clásica con sus libertades y el culto a la armonía del cuerpo desnudo, siguiendo en la antigua India con sus filósofos nudistas, él oscurantismo y la reprensión de la Edad Media con su dogmatismo y la avenida del protestantismo con su crítica moral frente a la impureza y el pecado inherentes al cuerpo desnudo, la época victoriana como una de las mayores etapas de reprensión puritana, para llegar al despertar del Renacimiento con una revitalización del desnudo y finalmente el sinnúmero de casos de la época contemporánea con respecto al tema teniendo en cuenta la cantidad de vertientes artísticas según el periodo y el entorno cultural de cada sociedad en cada país. 

Al estar cerca de aquel hombre se respiraba arte y libertad, se censuraban los prejuicios. Llegué a tener una relación bastante cercana a él. Si, si, el típico cliché de la alumna enamorada del maestro, ¿pero, cómo no hacerlo? 

Alessandro me llevó junto a mis compañeros de clase a explorar nuestro cuerpo sobrepasando los límites de la moral y la crítica social desde la perspectiva del arte. Y en el momento en que llegué a estar desnuda frente a él, parecía lo más sencillo del mundo. Pero en ese preciso instante en que pidió a la clase desnudarse como parte de una dinámica, un generalizado murmullo se extendió como una avalancha de vergüenza amenazando sepultarnos bajo desmesuradas cantidades de prejuicios por el qué dirán. Esos cuerpos llenos de etiquetas, todas esas restricciones sociales, los juicios morales frente a la primera que lo hiciera, por qué sí, sería más juzgada y criticada la primera mujer en lanzarse a aquella locura que el primer hombre.

Todos nos miramos, me sentí como esa primera vez que me desnudé, solo que esta vez era ante más de una docena de ojos y muchos de ellos totalmente extraños para mí, nada más allá de compartir clases. Fui la última en saltar por ese abismo, la timidez y la vergüenza se apoderaron de mí y todas aquellas ideas de libertad sólo quedaron en la teoría como profusas consideraciones vagando en mi mente.

Fue incómodo, demasiado, pero entre las opiniones y disertaciones filosóficas, terminamos adaptándonos a esa desnudez hasta casi olvidarla y finalmente, realizando una actividad sobre desnudo artístico.

El semestre continuó y se puede decir que durante todo este estuve buscando ese punto álgido de mi personalidad que me condujera a esa libertad alejada del prejuicio. Quería dejar de tener mi mente encarcelada en una prisión impuesta por la sociedad desde mi nacimiento, donde la natural desnudez de mi cuerpo era el culpable de ello y este terminaba siendo la víctima.

Me reté, Alessandro y sus noches de arte con café y licor me retaron. Así que como trabajo final decidí realizar un experimento social donde yo, era la protagonista. 

Librarme del temor a la desnudez, de los efectos de ser totalmente pudorosa para evitar las críticas morales infundadas por las convenciones sociales, religiosas y culturales. Quería buscar la forma de transgredir tantos prejuicios, demostrando que la desnudez y la armonía del cuerpo es algo para enaltecer como en la antigua Grecia, mostrar que este puede ser amor, pasión, dolor, verdad, arte en su máxima expresión.

Así que llegado el día, comencé a danzar y desnudarme en medio de la facultad de antropología. Todo mi cuerpo estaba cubierto de capas de pintura y se había convertido en el lienzo del propio Alessandro. Un perfecto trabajo de Body Paint. Todos aplaudían con euforia, hasta el momento en el cual empecé a enjuagar toda la pintura, dejando mi cuerpo completamente impoluto, sin ocultar su desnudez total bajo la pintura.

Allí, salió a flote esa doble moral de muchos, me juzgaron, criticaron, abuchearon, grabaron. Fue un decadente espectáculo en el cual pasé de ser una prodigiosa artista del Cirque du Soleil, para ser comparada con una vulgar stripper de cualquier antro, como me llamaron. "Quien creería que la tímida Emily, terminaría siendo la zorra del circo". Y con la mente tan cerrada que tenían, ninguna explicación era suficiente, críticas y juicios era lo único que escuchaba. "Una excusa para vender su cuerpo al mejor postor".

Como si esto fuera poco, degradaron el experimento social, aunque se terminó demostrando el punto primordial acerca de los prejuicios sobre la desnudez. Pervirtieron su expresión artística. Hicieron uso de las redes sociales para humillarme y denigrarme, haciendo diferentes tipos de vídeos con críticas y parodias que llevaron a mi destrucción social. Muchos me elogiaron, pero fueron más los que me condenaron. Finalmente, me expulsaron de la facultad por desprestigio, exhibicionismo y atentar contra la moral y las buenas costumbres. Sus principios morales, según dijeron; "no eran acordes a mi problemática personalidad irreverente y falta de adaptación criticando la moralidad del entorno social que había sido construido así desde sus cimientos. Debía ubicarme y reflexionar, y lo mejor de todo, era retirarme para evitar más escándalos y seguir atrayendo críticas negativas ante la institución". Una institución que claramente se ufanaba de respetar la libertad de expresión. 

Alessandro renunció... Aunque de igual forma lo habían convencido de que era lo mejor, aconsejándole que tuviera cuidado con sus libertades morales y el choque cultural puesto que no se encontraba en su país viviendo y compartiendo plenamente su cultura.

Él indudablemente fue quien se convirtió después de todo aquello en mi apoyo, mi sustento, pero aún así, sentía mi vida destruida, mi familia me dio la espalda, mis amigos, ni que decir. Solo quería sumirme en la miseria y auto compasión o alejarme de todo aquello y empezar de nuevo, pero lejos, al otro lado del planeta si era posible, y así fue.

Tras algunos meses con la ayuda de Alessandro conseguí una beca para estudiar historia del arte en Praga. Quería ir con él pero aseveró que debía hacer aquello por mi cuenta. Debía dejarlo ir, tomar mis maletas junto con todo lo que había aprendido y encontrarme, entender quién era en realidad sin estar basándome solo en lo aprendido por sus influencias, para encontrarlo de nuevo quizá en un futuro.

Al llegar a Praga, no fue fácil adaptarme al inicio. En realidad era reservada y precavida. Solo tenía esa oportunidad para empezar de nuevo y necesitaba conocer mi entorno, compañeros, maestros, vecinos.

Con el pasar de los meses me fui soltando y abriendo a ese nuevo mundo. Y mi primer acto sensato fue servir como modelo de body paint, y el primero de locura, postularme como modelo en mi clase de desnudo artístico.

En un principio me cubrí de pudor y actúe con prevención. Me desnudé lentamente y para mi sorpresa nadie estaba pendiente de la moral o la crítica, solo admiraban mi cuerpo, sus formas y curvas para plasmarlas en el lienzo. 

Esa sensación de libertad me gustó y con los meses me desinhibió. Asistía a clases que no eran las mías, como modelo de desnudos y cada vez me desvestía con más naturalidad. Solo una vez me sentí realmente intimidada y fue cuando unos penetrantes ojos azules se clavaron en mi, no en mi cuerpo, no, en mi mirada y desnudaba mi mente con ellos. 

Al finalizar, se presentó como Marshall. Era francés, bohemio, excelente pintor y con un intelecto excitante. La atracción fue instantánea y con el tiempo el deseo mutuo. Pasábamos horas en el estudio luchando contra el anhelo de poseernos y explorar cada centímetro del otro abandonándolos a la lujuria. Meses después me pidió posar exclusivamente para él, fuera del estudio. "Quería usar esa confianza para pintar mi esencia". Tenía la impresión de que esa confianza me desinhibiría más...

—¿Te has perdido en las luces de la ciudad en cuya gloria se tocan las estrellas? —Una voz grave con un deje de sensualidad irrumpe en mi mente y me saca de mi ensimismamiento. No sé cuánto tiempo llevaba perdida mirando las laberínticas calles mientras hacía ese retrospectivo viaje en mi memoria.

Marshall se levanta del sillón y tiende su mano para ayudarme a bajar del mirador. Me sonríe. Acaricia mi mejilla con suavidad y me ofrece una copa de vino tinto. Brindamos y no puedo alejar mi vista de sus ojos. Sigue haciendo eso, desnudándome 

—Vamos, desnúdate —dice al terminar su copa sin perderme de vista.

Termino la mía. Empiezo a quitarme el velo con ligereza, extrema confianza e inevitablemente, un deseo que me consume.

—¡No! —me detiene—. No quiero que te desvistas para mí, conozco tu cuerpo de memoria. Lo he pintado muchas veces en infinidad de colores y matices, pero siempre le falta algo, ese halo de vida.

—¿Entonces? —pregunto presa de la confusión. Me toma de las manos y nos sentamos uno frente al otro.

—Es fácil desnudarse para ser pintada. —Dice finalmente luego de unos segundos de silencio—. Incluso para tener relaciones, miles de personas en la ciudad lo hacen justo ahora —mira hacia el horario , hacia esa ciudad llena de iridiscencia—. Quiero que desnudes tu alma ante mí. Tus temores, frustraciones, sufrimientos, pasiones, ideales, anhelos, esperanzas, sueños, alegrías, tristezas. Quiero darle a cada pintura plasmada esa esencia que quiero conocer. 

Anonadada, pienso en la última vez que me permití esto. Entregar el arma que te puede destruir, y quitarte la armadura esperando que aquella persona no llegue a usarlo en tu contra, eso, realmente es desnudarse.

—Me entrego como un libro abierto y permito que leas más que entre líneas porque hay mayor valor en desnudar el alma que en desnudar un cuerpo.

Desvestirse es algo que después de dejar de lado todos aquellos prejuicios sociales levantados en los cimientos de aquellos cultos, religiones, se convierte en una cotidianidad ante la cual no hay de qué avergonzarse, y al convertirlo en algo esencial del día a día, poco a poco va desapareciendo el morbo por la desnudez y el constante deseo de ver ya sea por morbo o deleite el cuerpo del otro. 

Pero desnudarse, ser capaz de mostrar ante el otro aquello que puede lastimarnos y destruirnos en lo más profundo de nuestra alma, nuestros deseos más importantes y aquella forma de ver el mundo y moldearlo ante nosotros, permitirnos sentirnos vulnerables confiando en que el otro no hará nada para destruirnos,p. Todo esto es desnudarse frente a alguien, permitir que nos vean frente a los demás sin telones ni abismos. Y es que ahora es mucho más fácil mostrar, seducir, acariciar un cuerpo, que abrir totalmente el alma; precisamente por el miedo a ser rechazados o lastimados, porque el terror que implica darnos a conocer es mucho mayor a la crítica superficial que puedan hacer de nuestro cuerpo.


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