El origen de las palabras

15:30 Samuel Herrera 2 Comments

El verano que arrasa implacable con la ciudad y calienta mi vino, se apaga a eso de las 2 am y se desploma en caída libre sin paracaídas, hasta estrellarse sin más en mi piel estremecida por el beso de la helada madrugada que la golpea. Voy, cierro la ventana y vuelvo a sentarme. Intento dar forma a las letras, que saltan de mi cabeza y corren desesperadas en el papel. Entonces tomo con el dedo la gota solitaria en el borde de la copa de vino y la imprimo. Las letras se embriagan, comienzan a bailar alegres unas con otras. Se juntan y luego cambian de pareja. Se agrupan, hacen corrillos y algunas otras prefieren bailar solas. Yan Tiersen de fondo y mi cabeza decide unirse al espectáculo y comienza a contonearse delicadamente de un lado a otro. 

La hoja de pronto es una fiesta, un porvenir de amistades, de amoríos y también un poco, de la soledad. Le doy otro sorbo al vino, toco suavemente mis labios, recorriéndolos con el pulpejo del índice derecho y luego plasmo la huella en otro borde de la hoja. Las letras esquivan el dedo como quien esquiva una pelota y siguen celebrando. Aprieto con fuerza los parpados, pero la imagen no desaparece, por el contrario, parece hacerse palpable y el piano que suena contundente contra mis oídos se incrusta en la hoja, como un dibujo hecho de música. 

El evento alcanza el clímax mientras relleno la copa hasta la mitad con lo que queda de la botella. Descargo la copa en el suelo a mi lado derecho y sostengo la botella sobre la hoja, dejando caer en ella la última gota, que se escurre afanada por un costado, hasta quedar tatuada arrugando el húmedo papel. Las máscaras se derriten y las letras, despojadas de sus ornamentos comienzan a juntarse “La”. Otro grupo se amontona cerca y se queda detenido ahí, como posando para una foto. Luego otra pareja se para inmóvil, mirándose fijamente; y así las palabras empiezan a surgir y se revelan. 

Mi alma, que es impaciente y febril sonríe. Me tomo en dos tragos la última copa de vino y observo la obra de la noche, del vino, del piano, del amor; de los sueños temerosos que no quieren ser alcanzados. 

En el centro de la hoja sobresale una escritura parcialmente ordenada, que permanece congelada bajo el estallido de la gotera color granate. Alrededor, una órbita de letras danzantes que sobran, se limitan a ser y ya no buscan, solo bailan. Y hacia afuera, en los bordes, dos manchones cereza difuminados con la textura de mis dedos que descansan exhaustos. Leo la escritura: 

“Las ideas son como un maldito gato. Que te mira con esa intensidad y cuando lo ves, se aleja corriendo”. 

La leo de nuevo. La juzgo, me juzgo. Me pregunto si algún día podré llamarme artista.

2 comentarios:

  1. Una extraña apología a la melancolía que sufre

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    1. El equipo de Letra sucia quiere agradecerte por tomarte el tiempo de apreciar nuestro contenido.

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