Del vino y la soledad

16:46 Letra Sucia 3 Comments

Aquella humedad en mi saco se calentaba mientras caminaba hacia la mesa. Algo me estremecía. No sé si el olor, vernos o el saxo de fondo. Por el momento me despegué del blazer empapado y lo colgué en el respaldo de la silla.

-Que día- le dije. Sonrió-. Me gusta esto.
-¿Qué cosa? ¿El plan o vernos?
-También -contesté-. ¿Cómo vas? ¿Me demoré mucho? Es que tuve que venir en taxi y como está lloviendo, fue todo un operativo.
-Nada, sin afanes. Igual yo llegué hace poco.

El lugar quedaba en una callecita oscura en medio de un barrio olvidado por los años, por las familias, por las tormentas, como la de aquella noche. Era un bar de bajo presupuesto para gente con buen presupuesto. Las paredes eran de ladrillos grises y moca. El cielo raso a media luz. Olía a  oliva, a húmedo, al calor de la gente y a ginebra beeffeater. El ambiente era cálido. A las afueras, algunos arbustos cubiertos con cortinas de luces amarillas. Una que otra teja de barro quebrada en el jardín. Las mesas negras en hierro forjado y al lado de cada una, una chimenea metálica a gas. De frente a la nuestra los tablones del escenario y la banda.

La atención del lugar se concentraba en la vocalista semisentada en el centro del escenario, que relucía no solo por su voz, sino también por su cara grasienta y el sudor que le chorreaba. La potencia de la mujer se nos venía encima. Ciento veinte kilos de talento y fervor, metidos en un vestido suelto de lino color crema con tirantes delicados, perdidos entre sus hombrotes y el cabello negro, esponjado y largo, arrumado del lado derecho de su rostro. Tenía por ojos dos esmeraldas sumergidas en una piscina de delineador y sombras oscuras en los parpados, revueltas por la humedad. El saxofonista estaba a punto de estallar. Era un hombre rubicundo, mediano. Su tez era morena, de ojos grandes y vidriosos por la emoción y la falta de aire. 

Había copas en casi todas las mesas, una que otra con platos. La comida no era nada especial, pero sí muy bien emplatada; de buen aspecto.

Yo me detuve por un segundo a observar el lugar, fruncí un poco el ceño y ahí me tomó la mano.

-Siéntate -dijo-. Y entonces, ¿qué pasó?
-¿De qué?
-Hoy. Tu día. ¿Qué pasó? –aclaró.
-Ah nada, trabajo. El punto es… El punto es que no hay nada peor que un bobo con iniciativa. 
-¿Qué?
-Eso decía mi mamá, y ahora le creo -renegué.
-¿Algo salió mal?
-Siempre que se pueda.
-Pesimista -me dijo arqueando una ceja.
-Realista. Pero no, nada mal. Eso es porque estoy yo para corregir todo y ese es el problema. Es más difícil corregir y demanda más trabajo, que hacer las cosas simplemente bien. Pero no; a ver, yo no quiero hablar de trabajo y creo que la ocasión no está para hacerlo.
-Nah. 
-Entonces hablemos de cosas importantes. Como por ejemplo: ¿Por qué los gordos son tan talentosos? Es absurdo y están de moda. Creo que es momento de engordar. Bueno, lo digo por mí, tú ya te adelantaste en esa labor.
-Jaja… Ya sé, yo sé que todos lo notan, no veo la necesidad de recalcarlo.
-No lo dije en serio. Yo te veo igual -respondí tratando de acatar a la prudencia al ver su expresión incomoda.

En realidad, no fue en broma, si había aumentado unos kilos, pero para mí era lo mismo: su olor era el mismo, su mirada era la misma y el pesado vació que tenía encajado en el pecho seguía siendo igual.

Ambos sonreímos o al menos eso creo, no lo recuerdo bien, porque en ese momento fue cuando noté sus uñas a medio comer y los dedos mordisqueados. Respiraba fuerte, no hacía ruido pero el aleteo de su nariz le delataba. Hicimos otro par de comentarios burlones y luego ambos admiramos la voz de la mujer, la escena y el saxo. Nos quedamos en silencio un poco, paseando en la memoria, hasta que un par de canciones después, el mesero nos trajo de vuelta a la fecha.

-Buenas noches. ¿Desean que les traiga la carta o piensan ordenar algo para tomar?
-Si. ¿Qué tiene así como de bebidas emborrachantes y demás?
-Mmm… Yo ya sé que quiero. Una sangría de vino rosé de la casa -interrumpió antes de que el mesero pudiera abrir la boca.
-Que rico. 
-¿Sangrías? -preguntó él.
-Total respondimos en coro.
-Sangría será -dijo con una sonrisa amigable en el rostro-. ¿Jarra o media jarra?.
-Jarra, obvio -le dije riendo.

El mesero asintió y se alejó en dirección opuesta a la sonrisa de oreja a oreja que teníamos en el rostro. Nos miramos un instante. Se fue. Luego, irrumpió el aplauso y la última nota de aquella plácida balada que se agotó en el aire, se me pegó de la piel todavía húmeda por la lluvia.

Los astros estaban cambiando, Júpiter se alineó con tus labios para que lo besaras. Aquella fue una noche de coincidencias y el universo, pareció por un segundo amigo de nuestro destino. Recuerdo al mesero llegar con la pesada jarra de cristal empañado. Cómo el lugar era estrecho y las mesas alrededor estaban llenas, tuve la cuartada perfecta para correrme a su lado y facilitar la llegada del mesero. Él puso la jarra sobre la mesa. Luego las copas, y al servir yo pensé “tanto tiempo hace”.

-Gracias -le dije. 
-Brindemos por todo lo que no hemos sido.
-Y por todo lo que no vamos a ser y por estar aquí -completé.
-Salud.
-Salud.

El mundo parecía lavarnos de culpas. La noche era perfecta para charlar, para conocer. Y en efecto así fue. Nos mostramos como extraños y nos vendimos el uno al otro de la mejor manera. Nuestros egos hablaron durante horas y luego se fueron juntos. Entonces comenzamos a sincerarnos y discutimos la realidad; hechos verídicos, temas verdaderos. De esos que hablan los amigos. Los amantes. La conversación se fue derritiendo y saltamos de un tema a otro. Pronto vino una segunda jarra. Fuimos tomando y la acidez de la fruta se fue haciendo más corpulenta. Hasta que solo quedaron algunas fresas y una uva en el fondo de la jarra. Llegó la mitad de la noche, todo comenzó a verse diferente. La textura de aquella cita se suavizó y en cuestión de nada estábamos riendo como si los años nos hubieran ignorado.

-Bueno ahora sí. Hablemos de tu vida amorosa.
-Amigo me trae un margarita para abordar esta... -le dije al mesero, que pasaba por el lado justo en ese momento.
-Que sean dos -gritó interrumpiendo mi pedido; y luego se llevó la mano a la frente con vergüenza, cuando la gente en las mesas cercanas a la nuestra volteó a mirarnos. El mesero asintió con la cabeza y se dio vuelta.
-No, espere.- Dijo- ¿En serio nos vamos a pasar a margaritas a esta hora? Yo creo que hoy no deberíamos tomar demasiado.
-No deberá usted. Porque yo mañana no trabajo. A mí sí me trae uno -le dije.
-Bueno. Traiga de una vez los dos. Ya que -aceptó.- ¿Usted nunca va a dejar el vicio de mezclar tragos y tragos, para quedar ebrio en cualquier lugar y luego quejarse todo el día de su resaca? -me preguntó con un toque de burla.
-¿Y usted nunca va a dejar de hacer lo que a mí me da la gana?

Compartimos otras cuantas hostilidades y el mesero, que permanecía ahí, parado, atrapado sin poder alejarse de la mesa, hasta que no se concretara el pedido, finalmente y bastante apenado, preguntó qué habíamos decidido. Ambos asentimos una sola vez con la cabeza. Él intentó sonreír y luego se fue. Nuestro descontento; típico entre nosotros, quedó ahí inmóvil, cómo también era habitual y continuamos la conversación. Hablamos sobre las convenciones sociales, sobre las almas. Sobre esos pedacitos del alma que escondemos en las personas y que luego nos obligan a buscarles y a compartir un café, una cerveza, una llamada; para poder recordar quienes somos en realidad.

Minutos después volvió el mesero con los tragos y ambos callamos. Esperamos en silencio, mirándolo con vergüenza. Deseando desde lo más profundo que acabara su turno y alguien más viniera a atendernos. 

-Parece que ya se respondieron las preguntas que estaba sobre la mesa -dijo intentando ser agradable.

Ambos sonreímos falsamente y esa sensación se hizo más abrumadora.

-Dejemos ese tema en el pasado, y dejemos esas copitas por acá. Eso. Muchas gracias -le dijo al mesero con afán y el, tan educado como obediente, se alejó rápidamente.
-Mmm… Sabes que: Huir es una cualidad que he desarrollado hábilmente en los últimos años -dije tratando de superar nuevamente el asunto. 
-Pero eso no es de los últimos años -me respondió. 
-Eso no puede ser un reclamo. ¿O sí? Porque sería muy conchudo. Igual, yo creo que a veces hay que salir corriendo, para llegar a tiempo al lugar y momento de la vida que nos corresponde.
-Jajaja… Ya se va a poner metafísico.
-¿Qué? ¿Ya está borracho? Jaja… Yo siempre he sido así.
-Yo sé. Es bueno escuchar toda esa mierda tuya otra vez.
-Huy… 
-¿Qué pasó?
-Esa canción me gusta.- Dije cerrando los ojos y tirando la cabeza hacia atrás.

Comencé a cantar y la mitad de su cara me sonrió mientras se acercaba la copa a la boca. Algo se agitó en ese lugar y toda esa magia empolvada se nos metió entre la ropa.

-Que cosa tan fuerte -le dije.
-¡Que nena!
-Jajaja… ¿Qué hora es? -pregunté evadiendo su burla.
-Ya estás como los viejos.
-No. Pregunto, porque quiero saber si cierran temprano. Porque ¿dónde más nos van a vender licor a esta hora?
-Acá cerca hay un lugar. 
-Jaja... está bien -le dije. 

La expresión de picardía en sus ojos seguía siendo la misma. La misma malicia. Continuamos y yo entre una copa y otra me quedé congelado en esos labios que se movían despacito, medio resecos, que se humedecía con la lengua cada tanto. 

-Estoy que fumo -le dije.
-¿Todavía fumas? Yo lo deje hace mucho. 
-Ya va a presumirme que es muy saludable y todo eso. No, cállese sus hábitos envidiables. Salud… Por los vicios.
-Como tú.
-Como tú y yo.- le respondí sonriendo con una timidez cercana al arrepentimiento, pues, si no hubiera estado bebiendo, jamás hubiera dicho eso.
-Jaja… Terminamos acá y pedimos la cuenta ¿no?
-Si. Vale, me parece -respondí.

Estuvimos callados unos segundos junto con el resto del lugar. Entonces la cantante resonó con una vos potentísima: “Esta canción, es nuestra última. Esperamos que hayan disfrutado de nosotros. Estamos aquí todos los sábados. Muchas gracias por acompañarnos”. Y se deshizo de nuevo en un chorro de voz jazzudo, que captaba la atención de todos en el bar.

No pasó mucho tiempo o al menos no pareció, cuando la mujer cerró con fuerza los ojos y sonrió luego de terminar. Entre el aplauso de todos, yo permanecí con la copa vacía, aun untada de sal dándole vueltas sobre su eje, sosteniéndola por el fuste entre el pulgar y el dedo medio.    

Pagamos y fuimos a caminar. Ya no llovía, pero los andenes estaban empapados. Escuchamos la música que tiene la vida. Sintiendo la temerosa libertad de pasar bajo el alumbrado público en medio de la madrugada. Dimos un par de vueltas en el barrio hasta llegar a un estanquillo de rejas marrón y cobre. Yo esperé sentado en el andén junto a la calle, con el cigarro en la mano, cantando breakeven bajito, escondido detrás los chorros de humo y el hedor a alcohol. 

-Listo. Ya podemos ir. Mira te traje un regalito -dijo arrastrando la “r” sonriente mientras se acercaba tambaleándose. 
-y ¿con qué vamos a abrir eso?, ¿a golpes?

Entonces se devolvió de espaldas hacia la reja  bailando, mostrándome la botella de vino sostenida entre ambas manos. No pude evitar sonreír y justo después apagué el cigarro en mi zapato. Unos minutos después sentí el impacto del corcho en mis cien.

-Arriba –gritó-. Yo quiero llegar a tu casa. ¡Rápido, rápido! Quiero hacer un muralito que se me ocurrió y fumar. Dame un cigarro. 
-No. Usted ya no fuma. Quite su mano mugrosa con esas uñas largas de mi vicio. 
-No. ¡Deme!

Ambos forcejeamos un poco por los cigarrillos y luego se llenó la noche de nostalgia. Solté el paquete al instante. 

-Vamos -le dije sacando la mano a la calle vacía-. Aparece pequeño carrito amarillo que me va a llevar a la casa.
-¡Ebrio! No. Vamos caminando.
-Jajaja. No. ¡Nos matan!, llegamos sin zapatos.
-No. Vamos -insistió, mientras me empujaba de la espalda para que caminara. 

Y así fue, nos lanzamos por todas esas cuadras de casas a retazos, convertidas en cafés y bares. Intercambiábamos la botella, los cigarros y el encendedor cada tanto. Hablamos tan bajo como se pudiera estando borrachos. Luego atravesamos la principal que estaba desierta y volvimos a adentrarnos en los barrios. La lluvia se nos vino encima, nos caían a la cara goteras con forma de lanceta. Ambos nos sorprendimos, pero seguimos riendo y bebiendo, intentando refugiarnos bajo los tejados y los árboles. Caminamos unos veinte minutos más. Hasta que la botella de vino estuvo por debajo de la mitad y nosotros delante de la puerta de mi edificio. Ya empezaba a reflejarse la luz dorada, casi naranja del amanecer en la vidriera de la puerta.

No nos dimos cuenta de la hora, ni del clima. Llegamos a mi casa. Estaba tibia, como si hubiese sabido.

-Pasa. ¿Vino? -pregunté
-¿Quién?
-Que imbécil.
-No! Ni un trago más, ya estoy mal.

Puse el equipo de sonido suavecito. Pensaba si beber más. “Mejor no” decidí. Le tomé por un costado mientras me daba la espalda. Giró. Dimos un traspié y el par de pericos posados sobre la baranda del balcón, se tiraron de panza al viento matinal.

Nos besamos tropezando con el mundo hasta llegar al sofá. Caí y sobre mi pierna su entrepierna. Traté de ser cómodo. Fue un encuentro muy torpe. Desnudarnos fue un enredo. La ropa mojada se abrazaba de su tórax. Haló de mi correa con fuerza. Finalmente pude ver ese cuerpo desnudo, expuesto de nuevo. Me mordí los labios con fuerza y cerré los ojos. Escalofrío y un gemido es lo siguiente que recuerdo. Comenzó a andar por mis orejas con la punta de su nariz. La respiración en mi oído se hacía cada vez más huracanada.

-Que rico -susurré. 
-Espera.
-No -respondí.
-Espérate. Tengo que ir al baño.
-No -le dije mientras le besaba el cuello pálido sobre el cuero oscuro de mi sofá.
-En serio, me estoy orinando.

Me levanté con esfuerzo intentando despegar mis manos de su pecho y luego me paré semidesnudo, apoyando mi mano derecha en la mesa auxiliar junto al sofá. El florero se tambaleó.

-Mierda. Estoy todo ebrio.

Me fui caminando hasta la puerta del baño, terminé de desnudarme y me recosté en la pared del frente. El mundo estaba en otro lugar. Esperé unos minutos y luego sentí el agua correr. Salió pronto, como con prisa. Me besó y golpee la pared con mi cabeza.

-¡Au! 
-Perdón… ¿Yo por qué estoy haciendo esto? –dijo.
-¿Por qué no?

Suspiré en su nuca y luego nos besamos más. Me mordió el labio inferior y luego algo nos contuvo de nuevo. Nos miramos con rabia. Me pidió perdón. Otro beso. Comenzamos a acariciarnos despacio. Me quedé inmóvil con los ojos cerrados mientras me coloreaba la cara con la yema de los dedos. 

Fuimos al cuarto, yo caminé hasta la ventana a bajar la cortina, pero voltee y vi nacer el sol de las seis treinta en su espalda, así que lo dejé. Regresé a la cama y me senté sobre sus nalgas. Comencé a masajear sus escapulas con las yemas de los dedos. Se retorció un poco y su piel descolorida se volvió un papel de lija en mis labios. Volteó. Vi mi expresión de desconcierto reflejada en sus pupilas, en su mirada medio perdida. Nos dimos el beso más grande del mundo y luego tuve que tomar una bocanada de aire, que me dejó mareado.

Descansé unos minutos sobre su pecho y giramos nuevamente. Quedé debajo. Comenzó a besarme el cuello, los hombros, el pecho. Saboreó cada uno de mis dedos mientras yo viajaba a esos escondites de la memoria donde solíamos refugiarnos juntos. Me lamió la balada; aquella balada húmeda del bar. Luego el abdomen, la entrepierna. Y sus labios alcanzaron todos mis deseos. Resonaron algunos gemidos en la habitación y su nariz resbaló por mis muslos. 

Uno que otro codo enterrado. Dimos varias vueltas en la cama y me llené de incertidumbre. Las sabanas nos amarraron. Nos unimos en un festival de expresiones y entre quejidos y risas, me dejó entrar a conocer sus miedos.

Giramos de nuevo. Su cadera quedó sobre mi pelvis; ahora ambos podíamos mirarnos. El balanceo desapareció de nuestra conciencia y todo parecía en equilibrio. Le acaricié la espalda suavecito.

-Te amo -me susurró flexionándose hacia mí y golpeando su cara contra mí oreja.

Mi espalda se congeló. Mi expresión permaneció inmóvil. Mis ojos se quedaron enterrados en la última silaba de aquella palabra. No entendía por qué me lo decía en ese momento. Suspiré con fuerza. Algo se me escapó en ese suspiro.

-Yo también. 

El entorno fue incomodó unos minutos.  Luego vino la adaptación. Cambiamos de plano varias veces. Nos recorrimos el alma y finalmente quedamos extendidos en el suelo. Su cabeza estaba recostada sobre mi abdomen; la mía en el borde de la cama. 

-¿Te vas a quedar? –le pregunté.
-No, no puedo.
-¿Trabajo?
-No, tengo un almuerzo con mis suegros.
-Pero apenas amanece, te puedes quedar un rato.
-No, no puedo, es mi almuerzo de compromiso y no quiero oler a otro cuando mi suegra me abrace.
-Entonces sí, hemos cambiado –susurré triste.
-No hemos cambiado, seguimos siendo lo mismo. Con algunas nuevas oportunidades y más plata, y menos pelo. Pero te sigue gustando lo mismo -dijo con la mirada clavada en el movimiento de los dedos de mis pies-. El café caliente en el bordito de la ventana, la soledad del domingo para andar sin ropa por la casa. Pensar en las personas y asentir, o negar con la cabeza según la emoción que te produzcan. Y te sigue gustando engañarme con ese amor clandestino, con los besos tristes y la expresión de melancolía desgarradora antes de dormir. Con esas lagrimas que te adornan los ojos cuando te miro. Seguimos siendo lo mismo, eso es claro.
-¿No vas a pintarme nada hoy? –pregunté después de volver a suspirar.
-¡Ah si! El mural -chilló mientras se levantaba del suelo y caminaba hacia la pared del frente llena de siluetas, de rostros y animales. Mi favorito siempre fue el del águila. 
-¿Y la pintura?
-En ese cajón. Ahí está todo. 
-Bueno -susurró abriendo el mueble junto a la ventana. Agarró un solo pincel y un vinilo negro. Se dirigió nuevamente a la pared buscando un espacio libre-. Mmm… aquí. Eso. Si. Aquí. 

Yo me mantuve mirando justo ahí, expectante. Hizo una línea vertical, luego hizo una horizontal en el extremo inferior. A la derecha una figura ovalada, un trazo en zigzag. “los”. 

-No mire. Chao, váyase.
-Bueno. Me voy a bañar -dije poniéndome de pie justo detrás suyo. 

Me acerqué, le besé la espalda tallada por las sabanas y me fui en efecto al baño. Solo quería que estuviera un poco más; un momento más. Siempre que pudiera dar otra pincelada en la historia de mi casa, yo haría todo lo posible. Tomé una ducha, qué más bien fue una batalla contra mis manos temblorosas. Aterradas con la demoledora sensación de abandono. Me lavé con prisa. Y salí chorreando con la toalla atada a la cintura. El reproductor, aun encendido repetía: “cafecito de dolores, cafecito y dame amores. Cafecito de dolores en la amargura sabe seducir”. Fui rápido a la habitación. No estaba allí. Su ropa tampoco. Casi me rompo en pedazos.

-Miguel. ¿Y esa maleta En la otra habitación? Te estas yendo.

Respiré como si hubiera estado aguantando bajo el agua, aferrándome a su voz. Vi la pared. “los árboles mueren de pie”. Luego voltee y vi su expresión desencantada. Su mirada que no podía desenterrarse del suelo.

-No se me ocurrió nada mejor -intentó explicar. Su voz se quebraba.
-Esa canción me encanta. Pero…
-¡No se le ocurra! -advirtió.
-Entonces no hay nada que pueda decir; a menos que no sea un árbol.
-¿A dónde vas?
-Es mejor que no.
-Bueno. Voy de salida. Ya pedí un taxi.

Ambos sonreímos. Le acaricié el cabello con una mano y me di vuelta entrando en la habitación. Me senté en la cama con los ojos fijos en la frase, esperando a que el cierre de la puerta me explotara los oídos. Cerré los ojos. Luego di otra mirada al mural “los árboles mueren de pie”, el cielo encima, los rostros cerca del piso, las sombras, las pinceladas de color solitarias en las esquinas. Sus firmas por todas partes. El águila. Y junto a la frase un atípico brochazo blanco. Finalmente había llegado la ausencia. Las aves no estaban, las aves ya habían volado lejos.   

  Samuel Herrera Rodríguez Z.

3 comentarios:

  1. Me ha gustado bastante, un relato fantástico en mi opinión :)

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    1. El equipo de Letra sucia quiere agradecerte por tomarte el tiempo de apreciar nuestro contenido.

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    2. Muchas gracias. No sabes cuanto me alegra que te gustara. Gracias por leerlo y por comentar. :)

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