Grandes secretos del espectáculo

18:17 Samuel Herrera 0 Comments

La sensación de calma cuando las cosas salen bien muchas veces puede ser efímera, ambigua: Por una parte tenemos esa satisfacción de mirar aquello que no es indispensable, pero nos genera placer dominar o poseer. Esa mística y esa curiosidad bravía que trae el morbo consigo. Pero por otra, está esa falsa prudencia, el recato snob que nos sujeta y nos exige guardarnos la sorpresa.

Esta es la historia de cómo decidí liberarme. Liberarlos. Me decidí por hacer lo que se me viniera en gana. De cómo planeé hacer nuevamente del mundo mi escenario.

Los reflectores sobre mí difuminaban aquel dudoso sentimiento, reflejando la luz y pintando de mil colores mi pecho. Reafirmaba la moción de nunca decir nunca. Aun así, ahora yo era quien tenía el mundo a los pies y lo realmente importante, era que estaba de regreso en mí el más sensato recuerdo de los tiempos pasados.

Así como dios dijo hágase la luz y volvió esta hacia él por unos segundos, yo aplaudí un par de veces. Asentí con la cabeza y las luces comenzaron a danzar. Así fueron probando cada uno de los reflectores. Luego se oyó un pitido en una insoportable frecuencia que invadía el teatro. Un par de ruidos estentóreos más y finalmente comenzó la música. Una sonrisa macabra se me escapó de la cara. Suspiré e hice una reverencia en medio del escenario vacío, aún a medio decorar… El éxtasis.

Continué así con los preparativos del espectáculo; pensaba en las mesas, los platos, los pasillos, ¡el licor! Debía pensar en todo, así que organicé a los más allegados hasta atrás y hacia adelante los más insolentes y estúpidos. Revisé nuevamente la lista, había una mesa muy especial, justo en frente, centrada y con la más cara botella de toda la reserva. Perfecto pensé.

Sonreí un poco y entre los nervios y el dolor maquillado que traía en el alma, continué con la botella de ron. Medio ebrio y agotado, divagaba en la excitación que me generarían sus caras agobiadas y arrepentidas; aunque lo que me resultaba realmente nutritivo; aquello que podía satisfacer esa sed ávida de poder, sería aquel momento en que observara el deseo y la pasión reprimida en sus caras, tras presenciar la actuación de un ser superior, imponente, poderoso, soberano y aunque ególatra, algo mejor de lo que pudiesen haber soñado para ellos mismos.

El mundo entero se enloqueció, sonaban los tambores y la publicidad inundaba las calles. La gente corría de un lado a otro, frenéticos, enajenados. En hordas, pero solos… Malditos patéticos, realmente me sacaban de quicio.

Una vez caída la noche, las luces de la ciudad se encendieron, las personas enloquecidas salían por montones como hormigas de entre los callejones, dando gritos y la ciudad entera cantó hacia el cielo el más primitivo clamor animal: La multitud.

La realidad se abrió camino entre los pasillos, casi agotaba el trago; y yo, solo aun, en el escenario, deje caer vacía la botella de ron. Pero el tiempo se retorció, se hizo agua, retrocedió, se reparó, se hizo ceniza y luego cual ave fénix se hizo vida. Todos se hicieron sangre de mi sangre y carne de la suya.

Di un vistazo general a todo el teatro. Podía ahora si dimensionar su tamaño. Era enorme. Capacitado aproximadamente para tres mil personas, ya previamente decorado. Mi equipo estaba terminando con los últimos detalles. Por ahora solo unas cuantas luces estaban encendidas. La mantelería en rojo y los arreglos de tulipanes en el centro de la mesa. En las ovoides hieleras metálicas, estaba grabado mi nombre.

Faltaban tan solo dos horas. El camino se hizo largo y el tiempo se dilató; el alcohol distorsionaba mi vista, pero los chillidos de la gente podían guiarme, me señalaban todo a través del cristal empañado de los sentidos. Luego, me corrí atrás un par de pasos; unas cuantas llamadas y ahora la servidumbre entera estaba lista.

Ensayamos unas tres veces el truco de la escotilla, hasta que todo se dio como se planeaba y el colchón quedó en la posición perfecta. Una vez más. Justo después abrimos la bóveda bajo el escenario. Había dos caminos: Uno era el túnel y el otro, a la derecha, eran los escalones que subían de nuevo al escenario. Salimos y yo corrí a cambiarme mientras ponían la mesa y se preparaban para abrir las puertas.

Se acercaba la hora. Duplicaba esfuerzos e intentaba por todos los medios dominar las ansias.

- Estamos listos mi señor.
- Vamos a comenzar. Que cuando suene el tambor, ni uno solo de ustedes esté afuera. Nos vemos del otro lado.- Le respondí.

Abrieron un primer portón. La gente entraba rápido, desordenados pero fingían clase, fingían ser muy educados, algunos, incluso, fingían no estar emocionados. Yo podía verlos a través del telón, pero ellos a mí no. Podía ver en sus rostros, aquella expresión desconcertada que en cada rincón, intentaba buscarme.

Una segunda puerta se abrió, por ultimo una tercera. El tiempo doblado entre el espacio, murmuraba en la intensa y retorica atmósfera. Seis mil ojos a la expectativa. Todos bebían y se saludaban, se abrazaban y se las daban de dignos.

La servidumbre pasó un par de veces más rellenado las copas. Un poco después fue el banquete, el postre… Comencé a impacientarme con el cuchicheo de todos afuera.

Ya a eso de las once, de nuevo botella en mano, me hice a la idea. Sentado, listo, inmovilizado y con algo de pánico, manejaba mi ser embriagado que tras unas cuantas respiraciones profundas consiguió algo de equilibrio. Y antes de que agotase la calma, me bebí el resto de la botella mientras me ponía de pie y me acercaba zigzageando al escenario.

Eran justo las once con cincuenta cuando noté el silencio. Ya era hora. El percusionista comenzó a tocar la música de entrada. Los reflectores dispararon al telón y este se agitó. Santiago, el muchacho del telón me hizo un guiñito y tras oprimir el botón rojo que estaba pegado a la pared se fue corriendo hacia la bóveda.

- Recuerda bloquear esa puerta.- Le grité mientras se alejaba bajando por las escaleras.

El telón comenzó a abrirse cuando una voz resonante le atravesó rompiendo la impaciencia de la gente.

- Demos la bienvenida al señor Colorado Cuartas.

Di un par de pasos al frente, sonreí de nuevo mientras todos los reflectores recaían sobre mí. Analicé rápidamente sus caras asombradas. Sus sonrisas se desfiguraron al tiempo. Supongo que no esperaban ver un borracho en escena. Todos se miraban entre sí. Fui tambaleándome al centro del escenario, miré fijamente a cada uno de ellos.

La música se detuvo en seco.

- Estoy muy orgulloso por su asistencia está noche.- Balbuceé arrastrando la “R”. Realmente me hace feliz que todos hayan podido estar aquí. Su moralismo y su hipocresía de mierda es indispensable para este evento. Así que sin más preámbulos… Empecemos. Estoy seguro de que esta será una velada inolvidable.

Los ojos parecían salirse de sus caras. Sonó el redoble de tambores y las luces enloquecidas sobrevolaban todas esas cabecitas, que veía desde el escenario. Segundos más tarde se abrió la escotilla, mientras el estallido de fuego lo consumía todo. En el instante en que caía, pude ver sus cuerpos desaparecer entre las llamas.

Sus figuras perdieron para siempre aquella característica reconocible y los tulipanes, acalorados, pintados de escarlata, se despidieron haciéndose ceniza.

- ¿Señor está bien?
- Que caída más dura.
- Lo logró señor. Pero tenemos que salir ya de aquí.- Me dijo Santiago, el muchacho del telón, mientras me enganchaba el brazo a su cuello y me arrastraba fuera de la bóveda.
- ¿Dónde están los otros?- Pregunté
- Están justo adelante. En el túnel.



Samuel Herrera Rodríguez Z.

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