Desayuna conmigo Ana

09:00 Letra Sucia 0 Comments

La noche en que asesinaron a Pedro Julián, el circo ruso había llegado a la ciudad; y entre los trombones y aplausos del público, nadie pudo escuchar el disparo que impactó en su cráneo, nadie pudo oírle gritar. Pero después de la noche helada, vino la madrugada y antes de que saliera siquiera el sol ya venía bajando presurosamente una señora enchaquetada. Ella era elegante, pelo corto, castaño, perfectamente peinado. El copete le caía ligeramente sobre la frente. Justo debajo, sus cejas. Como era habitual, ella tomó la 47a hasta llegar a la panadería, que quedaba a pocos minutos de la principal, encendió un cigarrillo y se sentó en el murillo a esperar que la revejida dueña abriera.
Ella siempre estaba nerviosa, quizás por lo silencioso del barrio o quizás por su constante soledad. En ese momento se sentía tranquila, ya empezaban a trinar algunos canarios escondidos en los arboles y a pasar algunos autos.

- ¿viene a desayunar?- Le dijo a la espalda una vos gruesa y resonante.

Ella saltó dándose media vuelta rápidamente. Se quedó espantada. Quien le hablaba era un hombre alto, de ojos zarcos y pelo rizado. Andaba medio despeinado, pero era comprensible a aquella hora. Llevaba un gabán grueso de invierno; su piel era clara, limpia, y sus oscuras patillas se atestaban encima de sus orejas. Su mirada la atravesó, era bello, pero su expresión parecía algo perturbada.

- ¡Ay! Disculpe, sí que la asusté. Dijo él sonriente. ¿Tiene otro?
- ¿Otro qué?- Contestó, mientras sus ojos parecían salírsele del rostro.
- Otro cigarro.

Entonces entendió y le acercó el paquete al hombre siendo cautelosa.

- ¿Fuego?- Preguntó ella; y el pareció distraído pero luego contestó.
- Em si, si gracias.

Ella que siempre se la pasaba tan sola, se sintió bien de habérselo topado. No sabía que decirle, pero moría de ganas por hablarle un rato mas.

- ¿Viene muy a menudo? Porque yo nunca le he visto- pregunto torpemente.
- No, yo estoy de viaje, por el circo, el que sale en los periódicos, ¿lo conoce?-preguntó él.
- Ah sí, lo he visto.

La ciudad se encendió de pronto y una golondrina se paso por enfrente del lugar, punto y hora en que la mujer de la panadería giró el cartelito de abierto y comenzó a abrir la reja del otro lado.
La panadería era una de esas casas viejas de barrio. Una pequeña y remodelada, para hacer el lugar más agradable. Tenía un estilo antiguo, acogedor.

- Siquiera ya está abriendo, es que a veces se tarda y yo, pues… la verdad es que soy muy nerviosa.- le dijo al tipo con vos apacible.

- Sí, tengo que aceptar que yo también ando bastante agitado esta mañana.- contestó.
- ¿Y…por qué?- Preguntó interesada.
- Em… ¿Espera usted a alguien?- Le pregunto el hombre muy formalmente.
- No, yo siempre soy sola.
- Pues entonces por qué no desayunamos juntos y le cuento la historia.

Encantada con la invitación, accedió y entre todo esto la anciana sacó las mesas y los hizo sentar. Ellos se acomodaron, y mientras, la vieja seguía limpiando ahí y allá. Las cortinas del lugar parecían llevar tatuado el olor a parva y café. Las mesas tenían escrita la firma de las tazas. De centro una jarrita y un tulipán.

- Ya les voy a llevar el menú.- Les dijo desde el otro lado del lugar, mientras encendía una barita de incienso en una mesa de té que había junto al recibidor.

Luego ordenaron un par de cafés, unos dedos de mantequilla, un pan de leche para ella y un pastel de queso para él. Conversaron durante un buen rato, hasta que ella preguntó qué era lo que lo había alterado aquella madrugada y porque estaba nervioso. El sin siquiera pensarlo dos veces suspiró y comenzó:

- Lo que sucede es que mientras venia para acá a eso de las cuatro y media me he encontrado un joven, uno del circo, por el que he venido aquí a la ciudad. Y me  contó que  ayer, a eso del medio día unos hombres fueron al circo a protestar con pancartas y todo eso, y sabotearon la función del circo, diciendo que estaban en contra del cautiverio de los animales, que exigían su liberación. Decían que el circo era solo una forma más de explotación a los animales y que los animales eran quienes sufrían infelices mientras el público reía y mientras los cirqueros se enriquecían a costillas suyas.

La voz del hombre se fue enredando en el aroma a cappuccino caliente. A canela, e incienso que avivaban el lugar. Además de la suya había ahora otras mesas ocupadas y en el recibidor la vieja que no dejaba de observar algo metiche a ese par. Se preguntaba quién era él; ya estaba acostumbrada a ver a aquella mujer desayunar sola todas las mañanas.

Ella se sentía claramente atraída por él, no podía dejar de mirarlo; su sonrisa, sus labios color  salmón, pálidos por el frio. No sabía que la distraía mas, si el aura casual del lugar o la presencia de este hombre encantador en su desayuno; pero ahora solo pensaba que decir antes de que el, por error, se sintiera ignorado.

- ¿Y le ha contado todo eso en el camino?
- Si, es que la verdad estaba un poco lejos y al verlo unos pasos más adelante le pregunté si sabía donde quedaba el hotel La cima; me indicó y me puso el tema. Me preguntó que si era turista y que si había ido al circo. Y ahí fue que empezó la cosa supongo, porque le dije que había venido a la ciudad por eso y que ya había ido a la primera función en horas de la mañana, entonces fue que me dijo “Afortunado de que no fue en la tarde, porque hubo todo un alboroto” y me contó todo el rollo. Pero eso no es todo.
- Continua- dijo ella
- Y entonces- siguió. Parece que los mismos espectadores los han abucheado y los hombres del circo se les fueron encima para sacarlos, pero el que estaba liderando la protesta, comenzó a gritar más fuerte y se metió a la función. Entonces forcejeó un rato con el administrador del circo hasta que lo sacaron y…
- Espera, me permites un segundo, debo ir al baño- Interrumpió ella apenada.

El sonrió y asintió con la cabeza sin quitarle la mirada.

La panadera la vio levantarse y se quedó observándola mientras dejaba su chaqueta delicadamente en el respaldo de la silla. Sin duda era una mujer hermosa; de edad madura, pero siempre tan prolija y amable. Trabajaba cerca, en una oficina de seguros; y vivía cerca también. En su trabajo era muy respetada, tenía un buen cargo y por supuesto, un buen sueldo. Aunque aburrida y monótona, era una mujer con una buena posición.

Ella se acercó a la registradora y pidió muy amablemente usar el baño. La panadera le abrió servicial la puerta y le señaló una cesta que estaba justo al lado del lavamanos ella se inclinó para ver el contenido y luego le agradeció.

Estaba emocionada, cerró la puerta y pensó que había encontrado por fin a alguien. Sentía que llevaba mucho tiempo de conocerlo. Justo ahí se enfadó de golpe.

- Que idiota.- Susurró.

Había olvidado decirle su nombre, y peor, había olvidado preguntarle el suyo. Se retocó rápidamente el lápiz labial, apretó fuerte sus labios, dejando resbalar uno contra otro repartiendo el color carmesí. Se acomodó el cabello y salió despavorida del baño olvidando tomar incluso, la barrita de jabón de la cesta que la dueña del lugar le había ofrecido.  Se fue caminando rápidamente por el pasillo y luego dobló en dirección a las mesas.

- Señora.- Le llamó la dueña.

El hombre miró de reojo y la chica se acercó al recibidor.

- Si dígame.- Respondió
- Disculpe mi intromisión pero, el hombre que la acompaña le ha metido algo en el bolsillo derecho de su chaqueta.- Susurró la anciana.

Ella se volteó. Petrificada, miró al hombre que la observaba tratando de no parecer asustada, luego en busca de la excusa perfecta para meter la mano en la chaqueta sin parecer sospechosa, regresó al baño y tomó rápidamente uno de los jabones que había en el canasto.
Regresó, pero antes, se aseguró de agradecerle a la vieja en voz alta, con la intención de que el la escuchara.

- Mira lo que me han dado.- Le dijo enseñándole el jabón perfectamente empacado que había tomado del baño. La voz se le quebró un poco mientras lo decía.

Sin mover mucho la chaqueta, se apresuro a guardar el jabón en el bolsillo derecho. Los tres suspiraron al tiempo.

- Quería dejarte mi numero, pero no sabía cómo decirlo.- Dijo él.

En ese momento ella sacó un papelito, y en este garabateado “José Benavidez -330 20 51- habitación 207”. Con ayuda de la panadera, había caído de nuevo en el juego de la paranoia.

Se acomodó apenada en la silla, esperando que él no hubiera notado su actitud de psicópata. La panadera, en cambio, permaneció sentada unos minutos, escondiéndose tras los pasteles en la vitrina, fingiendo que los acomodaba.

- Mi nombre es Ana Puerta.

El sonrió sereno y ambos tras permanecer en silencio un momento, tomaron un sorbo de café.

- Me estabas contando.- Insistió ella.
- Ah sí, que finalmente lograron sacar a estos tipos de escena pero no  han conseguido continuar con el espectáculo, porque muchos de los espectadores se han ido furiosos a las taquillas a pedir que les regresaran el dinero y los empleados que obviamente llamaron al administrador, al final tuvieron que organizar todo un operativo para regresar el dinero. El caso es que luego, tras bambalinas, el administrador estaba furioso, no dejaba de repetir que era un atropello. Gritaba como loco y finalmente decidió mandar a uno de sus actores a seguir al revolucionario muchacho que encabezaba la protesta.
- Aja.
- Al pobre payaso lo mandaron disfrazado de civil, y armado a seguir al tipo, quien continuaba intempestivamente con su protesta a unas calles del circo, junto con una masa cada vez más reducida. Luego estuvo cenando en un sitio de comidas rápidas con otros dos. Hasta que uno de los hombres se levantó y salió del lugar. Ambos estuvieron hablando ahí dentro durante un largo tiempo y finalmente salieron a la par que cerraron el restaurante. Se fueron caminando y luego entraron en una casa de rejas azules. El hombre del circo aprovechó para llamar y avisar que al parecer no darían más problemas; que ya estaban en casa. Pero las funciones debían continuar y al parecer llamó a mitad de una, porque nadie le contestó. Entonces, cuando el ya daba por cumplida su labor, el chico salió rapidísimo escabulléndose entre los árboles. Y el cirquero intrigado lo siguió tratando de no ser notado. Había recibido la orden de darle un susto pero el susto se lo llevo él cuando el muchacho se giro unas manzanas más adelante y se le enfrento con arma blanca. el cirquero no tuvo más opción, entre el pánico y el instinto. Sacó su revólver de debajo de su chaqueta y su camisa azulona y lo que quedo después de un instante fue la torta de sesos en el suelo y el chillido sordo que se llevó el viento.

La expresión de Ana se llenó de desagrado. Era una mujer muy frágil. Justo ahora no entendía por qué él le había contado tan desagradable historia en el desayuno. La situación se volvió totalmente incomoda. Un silencio sepulcral detuvo el lugar.

- ¿Lo mató?
- Así es- contesto José.
- Pobre muchacho.- Dijo.

José sin detenerse más continuó:

- Sin saber qué hacer, el hombre llamó al circo y al escuchar la voz del administrador soltó toda la sopa y contó rapidísimo todo lo que había sucedido. Segundos después colgó. Y en ese momento se dio a la fuga tan rápido como sus piernas se lo permitían.

Mientras, en el circo se dividían por sectores para comenzar la búsqueda del sujeto. Al parecer el administrador prefirió no avisar a las autoridades, puesto que no sería bueno para la imagen de su negocio. Además, según entiendo, la vida de ese hombre es ese circo, preferiría pasar por encima de quien fuera y deshacerse de quien manchara su nombre, antes que dejarlo.

- Claro. Es que es un circo muy antiguo, yo recuerdo que hace muchos años, cuando yo era niña; el mismo circo vino a la ciudad. En aquella época yo fui con mi padre. Hace como treinta años ya.- Dijo Ana.
- Treinta y dos.- Respondió el. Yo también estuve entonces. Es que nací aquí; pero ese mismo año dejé el país.

En fin, creo que han buscado al tipo toda la noche y toda la madrugada del día de hoy; pero hasta el momento en que hablé con el hombre que me contó la historia, no había rastro ni del cadáver, ni del tipo.

- ¡Por Dios!

La gente de las otras mesas los volteó a ver. José parecía estar terminando la historia. Estaba exaltado y hablaba cada vez más rápido. Ella comenzó a airearse con su propia mano.

- ¿Estás bien? ¿necesitas algo?- Le pregunto José
- Si, no… no te preocupes, es que me he quedado tan impresionada.

Ambos suspiraron entonces y se recostaron en el espaldar de sus sillas.

- ¡La hora, mira la hora!- Exclamó Ana parándose rápidamente de la silla. Voy tardísimo para el trabajo- continuó.
- ¿Debes irte ya?- Preguntó José.
-Sí, te veré pronto, te… te llamaré-dijo.

El asintió lentamente con los ojos cerrados, luego sonrió y se detuvo por completo a observarla.

- ¡Mierda!. ¿Y la cuenta?- Exclamó Ana.
-       ¡No! Yo invito, ni pienses en eso, tranquila vete, vete ya- le dijo mientras sacaba los billetes arrugados del gabán como un loco para que ella no tuviera que molestarse.

Ana le agradeció la cálida compañía y la tan emocionante historia, le tocó la mano asegurándole que lo llamaría al día siguiente y sin más que decir se despidió, se puso la chaqueta y se apresuró a salir al mejor paso que sus cortas piernitas se lo permitían.

No dejaba de pensar en aquel hombre, en aquella historia. En el muchacho que mataron. ¿Lo habrían encontrado ya? Se preguntaba. Y José, ¿por qué volver al país tantos años después solo para ver un circo?, ¿acaso era muy fanático de los circos?

Debía gustarle mucho ese circo, quizás lo seguía por el mundo. Sabía mucho de circos eso sí. Pensó Ana.

Adelantó un par de cuadras más y Atravesó corriendo la principal aprovechando el tráfico ligero. Luego giró a la derecha, avanzó un par de cuadras y luego a la izquierda adentrándose en un callejón sombrío y estrecho (que aunque detestaba atravesar, le evitaba unos minutos de camino, y dado el retraso no dudó en hacerlo).

El frió le congelaba las orejas. Ella pensaba en aquel hombre hermoso, trataba de recordar su rostro, la expresión de su cara al contar la historia. Los hoyuelos en la mejilla, las patillas.

- Si, seguro lo llamaré mañana. Susurró entre los labios que le temblaban con el frió.

Lo próximo que vio, fueron los ojos rojos de una rata grisácea que le pasó entre las piernas rápidamente. Ella dio un brinquito asustada y apretó el paso. Atemorizada por la penumbra quiso encender un cigarrillo, pero se paralizó cuando sus dedos se estrellaron con algo helado en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

Ana palpó varias veces con los dedos antes de entenderlo. Luego, todo vino. Su decepción fue tan grande que ni los insultos le salían de los labios. No pudo dejar de caminar un solo segundo. Comenzó a sacar lentamente la mano de la chaqueta. Empuñada, el arma.

Durante todo el tiempo él lo había planeado, y había metido el papelito con el teléfono, con la intención de que nadie lo viera poner el arma en el otro bolsillo. Él siempre supo lo que hacía, desde el momento en que le pidió el cigarrillo, desde antes de desayunar. Él siempre lo supo. Ana estalló en llanto.

Dobló a la derecha en el remate del callejón, pero justo antes de que pudiera salir en busca de ayuda, o alertar a las autoridades, manchó sus zapatillas crema de sangre. El muchacho estaba tendido a sus pies.

- Suelte el arma mujer.
- ¡No tengo nada que ver con esto, no disparen! ¡Por favor!
- ¡Que suelte el arma le digo!

Ella, del sobresalto aventó el arma lejos.

- Muy bien ahora las manos donde yo las vea. Está usted detenida- gritó el oficial a su espalda.


Samuel Herrera Rodríguez Z.

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