Rosa

17:48 Letra Sucia 0 Comments

La miro, sobre el pasto mojado la miro. Sus labios que lentamente se mueven y poco a poco se secan. El juego insípido de su lengua en su boca y el esbozo de una sonrisita que va bien con las estrellas que iluminan su rostro…

  -         ¿Qué estás haciendo?
  -         ¿yo? Nada, solo tomo nota de nuestra conversación.
  -         Deja de ser pendejo, yo veo, ¿Qué es eso?
  -         No, no es nada importante, sígueme contando.

Ella recuesta nuevamente su cabeza en el suelo, mientras yo desvío un momento la mirada para buscar el lápiz sobre mis piernas y continuar escribiendo.

El tono de su voz armoniza aún más el espacio y confunde el tiempo haciéndolo perfecto. Cada momento dura lo justo y hace del lugar algo enorme, aunque ni siquiera exceda lo que mi vista alcanza.
Su olor, como disfruto de su olor y aquella sutileza con que me llena los pulmones y me adormece la mente…

  -         ¿me estas prestando atención?
  -         Si, sigue, te estoy escuchando.

Atención… En realidad toda mi atención está concentrada en ella, cada palabra que dice, se me graba justo detrás de la otra. Entonces acaricio suavemente su cabello, bajo lentamente hasta su mejilla, a sus labios y luego vuelvo a la hoja un poco cansado. Algo se hace evidente: El sentimiento está ahí, tácito, presente, en algún lugar; pero no lo alcanzo.

La toco, y me estremezco completo. Mi cuerpo entero hormiguea y mi alma intenta romper la estructura de las palabras “te amo” y quiere llamarla tiempo, porque como agua del más caudaloso rió corre libre; o luz, porque a su lado mi mundo se aclara y percibo perfectamente la tonalidad de las cosas. Pero mi alma, que quiere llamarle de tantas maneras se limita a decirle como todos lo hacen: Rosa; supongo que es por frágil y suave, o porque brota de la tierra y desde allí se alza ligera y delicada.

Y cuando más me voy enajenando me llama de nuevo la atención. Me pregunta si estoy distraído, me analiza y finalmente me desafía un poco con la mirada. Ella se acomoda bien en el suelo, pero no deja de mirarme; me pide perdón y luego se queda como muda unos segundos hasta que pregunto:

  -         ¿Perdón? ¿Por qué?
  -         Pues… No sé, siento que no estamos juntos.
  -         ¿Qué estás diciendo?, continúa.
  -         No, que pereza, ya me canse de hablar. No sé, no me siento cómoda.

Durante el siguiente minuto su mirada es llana, como si la realidad se le hubiera escapado por los ojos. Empiezo a notarla pálida, como enferma, así que me acerco a su frente, dejo que mis labios simplemente la rocen y no sé si es por la helada brisa que me hace crujir los huesos, pero sus ojos se enrojecen y una tibia lágrima que resbala por su cara, le devuelve la profundidad de su mirada.

  -         ¿Estás bien?-le pregunto al oído.
  -         Si. solo si eres capaz de perdonarme.
  -         ¿Pero de perdonarte qué? No entiendo nada.

Ella permanece inmóvil en el suelo, no se mueve, no me contesta nada. Parece de piedra. Su mirada ya no sigue mi lápiz, esta fija, perdida. Yo parpadeo rápidamente un par de veces. Pienso en la elaboración de las cosas, recuerdo. Agonizo de pánico y aquel día silencioso y apacible se desborda, me taladra inmediatamente la cabeza con el ruido de las aves y una rana que croa en el lago; el viento que me zumba en el oído… todo se convierte en un verdadero fastidio. Y justo en ese momento mi razón deja de jugar y todo pierde color.

Dirijo la vista al cielo grisáceo y mi mirada se estrella con los gallinazos en el árbol, comienzo a sentir las cucarachas, los insectos que me caminan por las piernas y veo los gusanos en sus ojos, las hormigas que caminan por su rostro hinchado, la tierra que se acumula en su cuello y su expresión desencajada.

Esto me trae de golpe, no tengo ánimos de nada y comienzo a llorar como un niño. Luego siento el papel en mi mano y de algún modo me siento acompañado. Por lo menos pude capturarla en palabras.



Samuel Herrera Rodríguez Z.



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